La tiranía cotidiana

Enero 13, 2008

Iniciamos una nueva aventura, y lo cierto es que es bastante exigente y me llevará mucho tiempo; se trata de ir publicando fragmentos de las memorias de Viktor Kemplerer. La idea es comenzar mañana mismo con el primer día que aparece en su libro (14 de enero de 1933), y continuar de tal manera que todo el 2008 se corresponda a 1933. De igual forma, 1934 lo publicaré en los sucesivos días de 2009; 1935 en 2010; y así hasta 1945. Creo que ahora se entiende eso de que va a ser largo, porque según mis cálculos (la verdad es que no ha sido difícil) esto tendría que terminar en 2020. También es ambicioso, ya que son muchos días y muchos años. Además, no se si conseguiré terminar; quién sabe si para 2010, si ir más lejos, seguiré metido en esto de los blogs. A pesar de todo, lo voy a intentar. Durante este año publicaré cada día su correspondiente a 1933. Lo cierto es que Viktor Kemplerer no escribía todos los días; es más, la frecuencia es muy baja (a veces entre testimonio y testimonio pasan más de dos semanas). Esto sin duda facilitará mi tarea.

En adelante todos los contenidos semanales del blog pasarán a un segundo plano si coinciden con una jornada en el diario de Viktor Kemplerer. Es decir, si en un día reservado a video tengo también un texto de este individuo, el video no será publicado hasta una semana después. Me mantengo, pues, en mi filosofía de no sacar más de un texto al día. Para introducir este nuevo proyecto de Historia, política y autores, transcribo un texto de Javier Moreno Luzón que fue publicado en la web ojosdepapel.com en 2003. Para leer el texto completo hagan clic aquí.

“Victor Klemperer (1881-1960) nació en Prusia, hijo de un rabino, y se dedicó primero al periodismo y después al estudio de las lenguas y literaturas románicas, disciplina que enseñaba en la Escuela Superior Técnica de Dresde. Convertido al protestantismo, luchó y ganó condecoraciones en la Gran Guerra. Desde su cátedra y casado con la pianista Eva Schlemmer, Herr Professor Klemperer representaba perfectamente el proceso de asimilación que había experimentado la comunidad judía alemana en las décadas anteriores. De hecho, y como deja claro ya en las primeras páginas de su diario, se sentía perfectamente alemán y compartía los supuestos de un cierto nacionalismo liberal que creía en la existencia de caracteres nacionales y se enorgullecía de los logros de su cultura. El triunfo de los nazis destruyó la Alemania de Klemperer e hizo de él un apátrida: ya no era un ciudadano alemán, sino un no-ciudadano judío. Apenas protegido por su matrimonio mixto con una mujer aria, pronto expulsado de la Universidad, se dispuso a “dar testimonio hasta el final” de la degradación social y la opresión política que trajo consigo el Reich hitleriano. Y lo hizo con una minuciosidad extrema, mezclando vivencias personales con observaciones acerca del régimen y de su influjo sobre los alemanes. Se jugó su vida y la de su mujer, encargada de poner a salvo las comprometedoras notas, pero consiguió su objetivo y abrió así una nueva ventana a la realidad histórica de aquellos tiempos oscuros.

Lo primero que destaca en el relato cotidiano de Klemperer es el impacto de la política antisemita nazi sobre la vida de los judíos alemanes. Ya desde el comienzo se respira un ambiente de terror, “como ante un pogromo de la más tenebrosa Edad Media o de la más profunda Rusia de los zares” (I, 13). La violencia impune se manifiesta de vez en cuando –“cuento seriamente con que un día me incendien la casa y me maten a golpes”, anota en julio de 1935 (I, 217)—y se desata en algunos momentos, como sobre todo en la noche de los cristales de noviembre de 1938. Pero la tiranía se manifiesta en el día a día a través de las continuas disposiciones legales que cercan a quien ha sido etiquetado oficialmente como judío. Sólo su calidad de excombatiente salva a Klemperer de perder la cátedra de inmediato, aunque sus alumnos escasean y en 1935 le obligan a retirarse con una pequeña pensión. Los contratos editoriales se anulan y los editores rechazan sus obras. Una vez que las leyes de Nuremberg privan a los judíos de sus derechos cívicos se suceden en cascada las normas racistas. Klemperer no puede entrar en la sala de lectura de la biblioteca y más tarde ni siquiera tomar libros en préstamo, tiene que cambiar su nombre por el de Victor-Israel, se queda sin permiso de conducir, recibe una tarjeta especial de identidad con una “J” y finalmente se ve forzado a dejar su casa para trasladarse a una Judenhaus (casa de judíos). En 1942 elabora detalladas listas de las prohibiciones vigentes: entre otras muchas, abandonar el término municipal, ir al cine, utilizar el teléfono, viajar en tranvía o en cualquier otro vehículo, comprar flores o tabaco, tener mascotas, entrar en los parques, acudir a un comercio fuera de unas horas determinadas o ir en bicicleta los domingos. La discriminación impregna, hasta extremos increíbles, cualquier parte de la existencia.

El punto de no retorno llega cuando obligan a los judíos a llevar la estrella sobre la ropa, en septiembre de 1941. El saberse marcado supone una continua humillación: “Desde entonces no me he movido por la calle con naturalidad”, escribe Klemperer (I, 712). Se hace sentir el hambre, más aguda aún para los que tienen un acceso muy limitado a los alimentos disponibles. Y, sobre todo, el “constante peligro de registros domiciliarios, malos tratos, prisión, campo de concentración y muerte violenta” (II, 108). La Gestapo ataca con insultos, golpes y torturas; las deportaciones rumbo a Polonia se ven acompañadas por el suicidio de los que no pueden soportar la presión. Y siguen las reglamentaciones contra los supervivientes: se cierran las escuelas judías, se les prohíbe comprar periódicos, se reducen constatemente sus raciones. La guerra se prolonga y ya es seguro que los nazis acabarán con todos, sólo cabe preguntarse cuándo irán a por los matrimonios mixtos. En 1943, los casados con arios y los privilegiados con hijos educados a la alemana son los únicos judíos que quedan en Dresde, apretados en viviendas cada vez más estrechas y siempre bajo la amenaza de que les separen de sus cónyuges y de un pogromo final. Klemperer, detenido varias veces sin consecuencias mayores, aguanta trabajando en una fábrica hasta que le declaran exento por enfermedad y consigue huir, al borde de la evacuación, gracias al caos que provoca el terrible bombardeo de Dresde en febrero de 1945. Se arranca la estrella y vaga con su esposa por Alemania, escondiendo su verdadera identidad, hasta que lo liberan los norteamericanos en Baviera. Sin embargo, con ello no desaparece la fatiga, sólo la sensación de jugarse el cuello a cada paso. Vuelve como puede a Dresde, en zona soviética, donde más tarde recuperará su cátedra. Allí morirá quince años más tarde”.

Bibliografía:

[1] Quiero dar testiminio hasta el final: diarios 1933-1941; Viktor Kemplerer – Barcelona – Galaxia Gutenberg – 2003.

[2] La tiranía cotidiana; Javier Moreno Luzón – Ojos de Papel – 9 de Octubre de 2003.

Para leer el siguiente artículo de esta serie pulsa aquí.

One Response to “La tiranía cotidiana”

  1. profeballa Says:

    GRacias lo empiezo a leer ya!! para ponerme al dìa!! he leìdo algunos son maravillosos!!! GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!!!


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