Artículo publicado por El Planisferio el 25 de mayo de 2008.

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007. Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración.

Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes. No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas. El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico.

La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación. Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste.

Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar. Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista. Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona - Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

Artículo publicado por Historia en Presente el 27 de mayo de 2008.

Continuamos con las reflexiones acerca de la relación entre Historia y cine. En la primera parte de este artículo -“Sobre la Historia y el cine I”- nos centrábamos en la importancia de la imagen para conocer y dar a conocer el pasado. En esta segunda el objetivo es analizar la influencia del cine sobre la sociedad y sus miembros.

La influencia del cine histórico sobre el espectador

“Consecuentemente, como historiadores hemos de estudiar los films como productos de consumo; hemos de intentar analizar la influencia que la organización requerida para producir y vender las películas tienen sobre las mismas”. [1]

Hasta el momento hemos abordado la cuestión del cine histórico desde el ámbito de los estudiosos del pasado. El centro del debate lo ha ocupado su validez como fuente para la construcción del discurso histórico o su uso como lenguaje divulgativo de esos contenidos. Este epígrafe, tal como indica su título, presenta la cuestión desde otro punto de vista, el del espectador. Hablamos de personas con escasos conocimientos acerca de la temática que se trata; con ningún o escaso interés por observar la película con ojos críticos. Son gente más fácil de influenciar por el contenido del film, y es poco probable que acudan a fuentes bibliográficas para ampliar o corregir los conocimientos que han adquirido gracias a él. Por tanto, la visión que van a tener de un acontecimiento o de un personaje histórico se va a limitar a lo que observan en la gran pantalla.

Es evidente que la televisión y el cine tienen mucha más influencia sobre la sociedad que los historiadores. Las personas forman su composición de la Historia a través de lo que observan en la pantalla y, en ocasiones, con algún libro que cae en sus manos. Los films tienen una capacidad divulgativa infinitamente mayor que la de los estudiosos del pasado, por grandes que sean sus conocimientos o por muy vendidos que sean sus libros. En definitiva, los que forman la conciencia histórica de las personas no son los historiadores, sino la industria del cine. Eso no nos debe llevar a la conclusión de que todo está perdido, sino todo lo contrario: si hay cine histórico es porque la Historia atrae a los espectadores; les interesa. La cuestión pasa a ser qué hacer con el gigante audiovisual; pregunta a la que ya respondimos más arriba. Se trata de influir en las producciones que traten temas históricos, en asesorar a los profesionales del cine para evitar que den una visión distorsionada de la Historia.

En la mayor parte de los casos los historiadores son poco comprensivos con los directores de cine y demás personas responsables de la realización de un film histórico. Hemos de ser conscientes de las dificultades que supone trasladar un acontecimiento del pasado a la gran pantalla, de las limitaciones y ventajas de este proceso, y de las condiciones en las que se mueven los responsables de producción. El cine histórico, por la complejidad de su temática, se encuentra en la mayor parte de los casos unido a las superproducciones. Esta gran inversión requiere, para ser rentable, una comercializadas a escala mundial, lo cual limita notablemente la manera de tratar el relato; ha de hacerse atractivo en culturas diversas y para un público heterogéneo.

Además, la estructura dramática que requiere toda narración fílmica –planteamiento, nudo y desenlace- es ajena al mundo de la Historia. Ahí no existe una estructura clara; el relato está abierto y las causas del desenlace se nos escapan. Otro de los factores que condicionan la realización de producciones históricas es el relativo al tiempo utilizado. El cine narra en presente, mientras que, salvo cuando usamos el presente histórico, la Historia se escribe en pasado. En definitiva, a un historiador, por lo general, no le van a convencer las películas con temática histórica; no obstante, ha de ser comprensivo, pues la tarea de realización no es fácil. Además, ese film que el considera imperfecto influye, en la mayor parte de los casos, mucho más que las investigaciones históricas puestas por escrito.

La influencia del cine sobre la sociedad

“Entre los diversos aspectos que debemos tener en cuenta para aprender a juzgar un film histórico, ninguno es tan importante como el de la invención. Es el punto central, la palabra clave para entender la historia como relato filmado y, por ello, el más controvertido. De hecho, es el que separa más al cine histórico de los ensayos, que, en principio, evitan la ficción (aunque aceptan la ficción principal que supone considerar que la gente, los movimientos y las naciones viven hechos con un desarrollo lineal y moral). Si podemos encontrar un mecanismo que nos permita aceptar y juzgar las invenciones que cada film comporta, entonces podremos aceptar las alteraciones menores -omisiones y combinación de distintos episodios- que hacen que la historia en imágenes sea tan diferente de la impresa en los textos”.[4]

A los historiadores les ha de interesar la visión que los grandes medios de masas, en especial el cine, dan sobre la materia que trabajan. Esa es una cuestión que hemos tratado en el apartado anterior. Sin embargo, la influencia de estos sobre sus receptores no sólo ha de ser motivo de preocupación, sino de estudio. Y no exclusivamente en el campo del cine histórico, sino en todos aquellos films del pasado considerados de interés por el historiador de un determinado tema. Al referirnos a Siegfried Krakauer decíamos que el cine era reflejo de la sociedad que lo producía y consumía. Podemos completar esa afirmación al defender su importancia como agente de la Historia.

Las obras cinematográficas del pasado les pueden servir a los historiadores tanto para estudiar una determinada sociedad como para conocer la influencia de la gran pantalla sobre la misma. Si nos preocupa la visión que actualmente dan las películas sobre determinados acontecimientos históricos, nos han de interesar también los valores que transmitían en el pasado. La temática tratada por el cine en cada época y lugar, así como la forma de presentarlo, no son una cuestión baladí. Las pautas para el análisis de una producción cinematográfica que presenta J. M. Caparrós en Análisis histórico de los films de ficción no es exclusivo de las películas actuales; se puede aplicar al cine del pasado. Y ha de hacerse tanto para comprender esa sociedad como para conocer de qué forma se veía influida por la gran pantalla. Más difícil, seguramente, sea llegar a conocer el grado de esa influencia.

Conclusiones: fuente, lenguaje y agente

“Un partidario de la radio y de la película como medios de enseñanza ha escrito un libro: The decline of the writen word (El ocaso de la palabra escrita), en donde, con alegre convicción, vaticina un porvenir próximo en el cual los niños se alimentarán con reproducciones cinematográficas y con palabras habladas. ¡Enrome paso hacia la barbarie! ¡Eficacísimo medio para paralizar en la juventud el pensamiento y mantenerla en un estado de puerilidad y además, probablemente, sumergirla en profundo aburrimiento!” [5]

Tras varios párrafos alabando la grandeza del cine y su utilidad para la construcción y divulgación de la Historia, la cita de Johan Huizinga nos puede servir para volver a poner los pies en el suelo. Suscribo todo los afirmado en las páginas anteriores, pero precisa de una matización. La defensa hecha de los medios audiovisuales como instrumentos validos para el trabajo del historiador no significa que estos sean los únicos o los más importantes. Hemos de valorar el cine en su justa medida. Puede que mi afán por atacar algunos prejuicios existentes me haya llevado en algún momento a dar al cine una importancia mayor que a otras fuentes o trabajos de Historia. Sin embargo, no es esa mi opinión.

A lo largo de las páginas anteriores hemos tratado el cine como fuente para el trabajo del historiador; tanto en lo referente a documentos históricos como a películas comerciales de épocas pasadas. En este último ámbito distinguíamos aquellas que reflejaban a la sociedad de la época de las que trataban de influir en ellas; lo cual no quiere decir que ambos aspectos no se encontraran presentes en la mayor parte de las producciones cinematográficas. También extendíamos nuestro análisis a su capacidad de divulgar, bien por medio de documentales como por la vía del cine histórico. Hemos defendido, al fin y al cabo, el valor del cine como fuente, lenguaje y agente de la Historia.

Bibliografía:

[1] Análisis histórico de los films de ficción; José María Caparrós Lera y Sergio Alegre- Barcelona - 1999.

[2] Fotogramas de papel y libros de celuloide: el cine y los historiadores. Algunas consideraciones; Julio Montero.

[3] El pasado como espectáculo: reflexiones sobre las relación entre la Historia y el cine; José-Vidal Pélaz López - Valladolid - Universidad de Valladolid - 2008.

[4] El pasado en imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la historia; Robert A. Rosenstone - Barcelona - Ariel - 1997.

[5] Entre las sombras del mañana; Johan Huizinga - Barcelona - Península - 2007.

Este artículo está dentro de una serie de textos que estoy escribiendo sobre la Gran Guerra; para leer el escrito anterior, pulsa aquí.

La economía jugó sin duda un papel fundamental en el inicio y desarrollo del conflicto. Fue, entre otras, la rivalidad económica entre las grandes potencias lo que las llevó a enfrentarse; pero además, fue también su propio potencial económico el que les permitió mantener el frente durante un periodo de tiempo tan largo.

En lo que al estallido de la guerra se refiere, la economía jugó, como ya hemos indicado, un papel fundamental en base a la rivalidad entre las potencias. No obstante, con el fin de no extendernos en exceso con el estudio de varias naciones nos limitaremos a analizar el caso más representativo e importante: el de Alemania y Gran Bretaña. El crecimiento experimentado por los germanos a lo largo de las décadas anteriores a la Gran Guerra, y el peligro que esto constituía para los intereses comerciales británicos fue una de las razones que llevaron al enfrentamiento entre ambas potencias.

Manifestaciones del crecimiento económico alemán posterior a 1890:

- Grandes avances en la fundición del acero y la construcción de innovaciones en maquinaria industrial y agrícola.

- Importante desarrollo industrial y comercial. En muchos casos esto se basaba en la técnica del dumping y en la invasión de mercados:

(E. Williams, Made in Germany) “…los juguetes, las muñecas, los libros de estampas que leen nuestros niños y hasta el papel en que se escribe la prensa más patriótica, todo viene de Alemania. Desde el piano del salón hasta la olla de la cocina son made in Germany”.

- Importante peso demográfico alemán; lo que suponía contar con una abundante mano de obra.

Manifestaciones de la competencia anglo-germánica por el control del comercio mundial:

- Proteccionismo imperante durante los primeros años del siglo XX, y más especialmente a partir de 1910.

- Alemania se encontraba aislada a causa del proteccionismo ejercido por los grandes imperios, lo que se agravaba por la ausencia de un imperio colonial alemán con el que poder comerciar. De esta forma, a los germanos, para salir de ese aislamiento que paralizaba su economía, no les quedaba más salida que la guerra.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) - Barcelona - Ariel - 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner - Barcelona - Destino - 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan - Barcelona - Crítica - 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson - Barcelona - Debate - 2007.

[5] Made in Germany; Ernest Edwim Williams - Harvester - 1973.

Para leer el siguiente artículo dedicado a La Gran Guerra, pulsa aquí.

Este artículo pertenece a la serie de comentarios que he elaborado en torno a El pacto con el diablo, obra de Sebastian Haffner que analiza las relaciones germano-soviéticas entre las dos guerras mundiales. El contenido del escrito que presento a continuación se encuentra dentro del capítulo VII. Hitler y Stalin: Alemania y la Unión Soviética.

“Pero entonces, ¿por qué pactó en agosto de 1939 con Stalin? Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que ni en 1933 ni en 1939 estaba Hitler en condiciones de atacar directamente Rusia. Antes debía llevar a cabo tres operaciones preparatorias, las tres sumamente difíciles y que tendían a involucrarlo contra su voluntad en un conflicto con Occidente, que entonces significaba Inglaterra y Francia. El hecho de que realizara las dos primeras sin obstáculos ni dificultades demuestra las estupendas dotes políticas de Hitler. Sólo con la tercera operación tropezó y se vio en la necesidad de buscar el apoyo y la ayuda de Rusia, que estaba predestinada a ser su víctima”.

En torno a 1935 las relaciones entre la Unión Soviética y el III Reich estaban prácticamente rotas. Este proceso se acentuó con la intervención de ambas potencias en la Guerra Civil española. Sin embargo, la actitud hostil de Occidente ante las pretensiones expansionistas de Adolf Hitler a costa de Polonia, llevaron a este a buscar la alianza con los soviéticos. Sólo así podría lanzarse a una guerra en el frente francés sin temer una agresión por parte del gigante oriental. Se trataba, en definitiva, de evitar otra guerra en dos frentes; habían aprendido la lección de la Gran Guerra.

Los nacionalsocialistas habían logrado no alarmar en exceso a franceses e ingleses con el “Anschluss” y la desmembración de Checoslovaquia. Sin embargo, los occidentales no iban a dejar pasar su agresión a Polonia. Esta fue la principal razón por la que Adolf Hiter se lanzó a la aventura del pacto Ribbentrop-Molotov. Por su parte, Stalin no veía con malos ojos esta oportunidad: le permitía ganar territorios a costa de Polonia y los países bálticos, ganar tiempo para rearmarse ante el inminente ataque alemán, y empujar a su mayor enemigo a una sangrienta guerra con Francia e Inglaterra. No obstante, los soviéticos no esperaban una capitulación tan rápida por parte de los franceses.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner - Barcelona - Destino - 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner - Galaxia Gutenberg - Barcelona - 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) - Barcelona - Ariel - 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson - Barcelona - Debate - 2007.

Este artículo está dentro de una serie de textos que estoy escribiendo sobre la Gran Guerra; para leer el escrito anterior, pulsa aquí.

Otra de las causas de la Gran Guerra hay que buscarla en la existencia de numerosos contenciosos territoriales mal solucionados o sin solucionar a la altura de 1914. A continuación señalaremos los tres más importantes:

- Cuestión de Alsacia y Lorena; tanto Francia como Alemania reclamaban la soberanía sobre estos territorios, en poder de la segunda tras la guerra de 1870. De esta forma, mientras los alemanes buscaban germanizar a la población autóctona, los franceses trataban de mantener vivo el sentimiento nacional galo entre esa gente. Esta doble presión influyó notablemente sobre los oriundos de esas regiones, cuya situación describe Stefan Zweig de la siguiente manera:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) Pero esa situación ambigua era difícil sobre todo para los alsacianos y más aún para aquellos que, como René Schickele, tenían el corazón en Francia y escribían en alemán. En realidad, era porque la guerra había estallado a causa de su país, y su guadaña les partía el corazón. Hubo intentos de atraerlos a la derecha y a la izquierda, de obligarlos a manifestarse a favor de Alemania o de Francia, pero ellos abominaban una disyuntiva que les resultaba imposible.

- Cuestión polaca; tres potencias se repartían el territorio de Polonia, y las tres con posiciones divergentes en torno al problema polaco: los alemanes buscaban germanizar la Polonia prusiana; los austríacos trataban con benevolencia a la población de Galitzia, lo que propició en nacimiento del nacionalismo polaco que tanto perjudicaba a la posición de los zares; los rusos intentaban expandirse por el territorio polaco, chocando así con los alemanes en su afán de conquista y con el nacionalismo fomentado por los austríacos.

- Cuestión balcánica; en esta zona se enfrentaron por el control del territorio dos naciones: Austria y Serbia, contando esta última con el apoyo ruso. La monarquía de los Habsburgo, buscando una salida al mar, se anexionó Bosnia en 1908. Sin embargo, esto chocaba con las aspiraciones del naciente nacionalismo panserbio. Surgió, de esta manera, la enemistad que, a la postre, acabó desencadenando el conflicto.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) - Barcelona - Ariel - 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner - Barcelona - Destino - 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan - Barcelona - Crítica - 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson - Barcelona - Debate - 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig - Barcelona - El Acantilado - 2002.

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