Un repaso histórico de la Unión Europea
Julio 31, 2008
Artículo publicado por Historia en Presente el 23 de julio de 2008.
Orígenes y bases del proyecto europeísta
En la presente exposición explicaremos de forma resumida el origen, desarrollo y presente de la integración europea. Tal como reflejan los epígrafes de este texto, trataremos de alcanzar ese objetivo siguiendo dos vías bien diferenciadas: por un lado abordaremos la cuestión relativa al proceso histórico –de la Declaración Schuman al Tratado de Lisboa-, donde incluimos tanto los acuerdos entre estados como las sucesivas incorporaciones de los veintisiete miembros; y por otro, el desarrollo institucional del mismo en sus aspectos intergubernamentales, supranacionales, judiciales, representativos, y de carácter económico.
Antes de comenzar con el anunciado repaso histórico, conviene recordar cuáles fueron, en sus inicios, las tres ideas fuerza del movimiento europeísta: la paz perpetua, el buen gobierno y el bienestar de los pueblos. Estos ideales, que alcanzaron plena actualidad en los años posteriores a las dos guerras mundiales, hunden sus raíces en la tradición cultural continental de los siglos anteriores; en el pensamiento de personajes como Kant, Rousseau, Montesquieu, Comte, Voltaire, Goethe, Jovellanos… En ellos se basaron los europeístas de principios de siglo XX a la hora de fundar un movimiento que tardó varias décadas en producir sus primeros frutos. Paneuropa, de Coudenhove-Kalergi, y los esfuerzos políticos de Aristide Briand fueron los primeros intentos de establecer una solidaridad europea. Sin embargo, la crisis económica de los años treinta y la Guerra Mundial que la siguió impidieron que los proyectos de estos “abuelos” de Europa llegaran a buen puerto. Europa tuvo que encontrarse a sí misma entre la miseria de la posguerra para darse cuenta de que la colaboración entre las naciones del Viejo Continente era beneficiosa para todas ellas.
La generación de posguerra y la integración europea
Los proyectos europeístas comenzaron a tener repercusiones prácticas tras la II Guerra Mundial. Las consecuencias del conflicto –destrucción de las infraestructuras, reducción de la actividad industrial, caída de la renta, escasez de alimentos, abatimiento moral…- favorecieron de manera considerable el afán de los europeos por colaborar entre ellos. Distinguimos cinco hitos en la prehistoria del proceso de integración europea:
1. El discurso de Churchill en Zürich sobre los “Estados Unidos de Europa”. El antiguo premier británico defendió durante esa alocución de 1946 la necesidad de construir un entidad que agrupase a las naciones europeas. Afirmaba que, sólo así, el Viejo Continente podría llevar a cabo una reconstrucción duradera, basada en la colaboración de los antiguos enemigos, Francia y Alemania. Además, veía en la unidad europea un instrumento eficaz para evitar la expansión del socialismo soviético. No obstante, Churchill no creía en la integración británica dentro de estos “Estados Unidos de Europa”; para el mundo anglosajón tenía otros planes: una mayor colaboración con el gigante norteamericano.
2. El Programa de Recuperación Económica de Europa o Plan Marshall (1947). Siguiendo la línea de pensamiento esbozada por Churchill en su famoso discurso de Fulton (Missouri), la administración Truman comenzó a desarrollar una intensa actividad con el fin de evitar la expansión del comunismo. En lo que se refiere a Europa, la medida más importante fue este plan de ayuda económica, que no sólo sacó a los europeos de la miseria, sino que les obligó a colaborar en la distribución de la ayuda. Cabe destacar en este ámbito el papel jugado por Jean Monet, que pocos años después se convirtió en uno de los padres de la unidad europea.
3. El congreso europeísta de La Haya (1948). Fue convocado por el Comité de Coordinación de movimientos europeístas, y en el se debatió fundamentalmente la cuestión de cómo se debía construir la Paneuropa esbozada por los europeístas del periodo de entreguerras.
4. La Conferencia de José Ortega y Gasset en la Universidad Libre de Berlín, donde animaba a Europa a levantarse de entre los escombros.
5. La Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950, donde se invitaba a las naciones europeas a establecer un mercado único en relación al carbón y al acero. Este proyecto francés dio lugar un año después a la primera Comunidad Europea, la CECA.
Tal como indicábamos en el epígrafe anterior, a raíz del llamamiento del ministro de exteriores francés Robert Schuman, se constituyó el 18 de abril de 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). El objetivo de esta era crear un mercado común limitado al carbón y al acero, aunque con vistas a futuras ampliaciones. En ella se integraron seis naciones: Francia, la República Federal Alemana, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Además, para su mejor funcionamiento, se doto a la nueva estructura supranacional de instituciones propias: Alta Autoridad, Consejo de Ministros, Asamblea Común y Tribunal de Justicia. Más tarde, en 1954, Francia intentó poner en marcha la segunda de las Comunidades Europeas, la de Defensa (CED). Sin embargo, la oposición de la propia Asamblea Francesa dio al traste con el proyecto de colaboración en materia de seguridad.
El 25 de mayo de 1957 se firmaron en Roma los tratados por los cuales vieron la luz dos nuevas Comunidades Europeas: la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM). Las principales consecuencias de ellas fueron: eliminación de barreras; fijación de una tarifa exterior común; libre circulación de mercancías; políticas comunes en agricultura, transporte, comercio y energía; homogeneización en los mecanismo de intervención económica; y colaboración en lo relativo a la cuestión atómica. Sin embargo, unos años más tarde el proceso de integración se vio sacudido por otra nueva crisis; su protagonista era, una vez más, el nacionalismo francés. La llamada “crisis de la silla vacía” –la denominación hace referencia a la ausencia de la representación francesa- se solucionó con el Acuerdo de Luxemburgo (1966). A partir de ese momento la Comisión quedó sometida al Consejo, y las decisiones dejaron de tomarse por mayoría.
El Tratado del Acta Única Europea (AUE) fue firmado por los estados miembros en 1986, y tenía como fin perfeccionar el mercado único creado con los Tratados de Roma. Se trataba, en definitiva, de establecer medidas que evitaran los obstáculos a la libre circulación. No obstante, el nuevo acuerdo también introdujo nuevas políticas en materia de medioambiente, investigación y desarrollo, y cohesión económica y social. Además, se ampliaron también las funciones del Parlamento Europeo. El Acta Única Europea fue negociada por diez países -los seis fundadores, los tres de la incorporación de 1973 (Reino Unido, Irlanda y Dinamarca), y Grecia, integrada en 1981- y firmada por estos más España y Portugal, que se incorporaron ese mismo año.
El siguiente paso en el proceso de construcción europeo fue el Tratado de la Unión Europea (1992), conocido también como Tratado de Maastricht. Este acuerdo sentó las bases de la moneda única, que no entró en circulación hasta 2001. Con este fin se impusieron los criterios de convergencia y se fundó el Banco Central Europeo. También se reconoció la ciudadanía europea –superpuesta y fundamentada en la del estado miembro-, cuyas principales ventajas son las siguientes: derecho de circulación y residencia en el territorio comunitario, derecho al sufragio en las elecciones europeas y municipales, derecho de petición ante el Parlamento Europeo, y derecho a gozar de la representación diplomática de la Unión Europea. En lo que se refiere a las reformas institucionales establecidas en Maastricht, cabe destacar las siguientes: ampliación de las competencias del Parlamento –investidura de la Comisión y poder de codecisión-, aplicación de los supuestos para la aplicación de la mayoría en el Consejo de Ministros, y creación de nuevas instituciones tales como el Comité de Regiones, el Defensor del Pueblo, y el Tribunal de Primera Instancia. Por último, se procedió a reformar la cooperación en política exterior mediante la creación de una Política Exterior de Seguridad Común (PESC) y la Cooperación Judicial en Asuntos de Interior.
Tras la incorporación a la Unión Europea de Austria, Suecia y Finlandia en 1995, se firmaron dos tratados más, el de Ámsterdam (1997) y el de Niza (2000). Ambos ratificaron lo acordado en Maastrich, a lo que añadieron escasas medidas institucionales. No obstante, hay que destacar dos aspectos de ambos tratados: el protagonismo en ellos del reparto de poder entre los estados miembros, y la preparación de la próxima apertura de la Unión Europea a los países de la Europa central y oriental. Este último fenómeno se produjo en dos etapas: en mayo de 2004 se integraron diez nuevos estados –Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría-, y en enero de 2007 dos más –Bulgaria y Rumania-. Con estas últimas incorporaciones, a falta de lo que suceda con Croacia, Macedonia y Turquía, finaliza a día de hoy el proceso de ampliación territorial de la Unión Europea. El que se refiere a los acuerdos y tratados se completaría con el malogrado Proceso de Laeken, también conocido como Tratado Constitucional Europeo, y el Tratado de Lisboa, firmado en 2007.
Las sucesivas ampliaciones de las Comunidades Europeas
A lo largo del epígrafe anterior, al tiempo que explicábamos el contenido y repercusiones de los tratados comunitarios, hemos procurado indicar también cómo se fue produciendo el proceso de ampliación de las Comunidades Europeas a nuevos países. No obstante, con el fin de aportar una visión más amplia en los relativo a ese punto, vamos a proceder a repasar, de forma clara y esquemática, el proceso de ampliación de la Unión desde 1951 hasta 2007.
Desde sus inicios, en 1951, la CECA contó con seis miembros: Francia, República Federal Alemana, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. A estos pretendió unirse el Reino Unido en la década de los sesenta. Sin embargo, el veto francés evitó durante varios años que los británicos se unieran al proceso de integración. Hubo que esperar a 1973 para que las Comunidades Europeas pasaran de los seis a los nueve miembros. Ese mismo año entraron a formar parte de las mismas el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Noruega, cuya solicitud también había sido aceptada, rechazó su integración a causa del rechazo que esta provocaba entre la población del país.
La Europa de los nuevo pasó a ser de los doce con la ampliación al sur. Esta se llevó a cabo en dos etapas: en 1981 se incorporó Grecia, y en 1986 lo hicieron España y Portugal. Sobre las integraciones de la década de los ochenta habría que destacar dos aspectos: su importancia de cara a la consolidación democrática en estos tres países –recién salidos de regímenes dictatoriales-, y la oposición de Francia a la entrada de España antes de la negociación del Acta Única Europea (1986) por cuestiones relacionadas con la Política Agraria Común.
El 3 de octubre de 1990, como consecuencia de la reunificación germana, se integraron en las Comunidades Europeas los territorios de la antigua República Democrática Alemana. Sin embargo, no se incorporó ningún nuevo estado en esta ampliación; los länder orientales pasaron a formar parte del proyecto europeo dentro de un único estado alemán. Esta no sería la única consecuencia de la desintegración del mundo soviético. Sin embargo, antes de que se produjera la entrada en la Unión de los antiguos países de la Europa central y oriental, se llevó a cabo una nueva ampliación. En 1995, tras la llegada de Austria, Finlandia y Suecia al seno de la Unión, surgió la Europa de los quince.
En los primeros años del siglo XXI, tal como anunciábamos en el párrafo anterior, entraron a formar parte de la Unión Europea los antiguos países de la Europa central y oriental. La ampliación al este se produjo en dos etapas: en 2004 lo hicieron Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría; y en 2007 Bulgaria y Rumania. Esta ha sido la mayor ampliación de la historia europea y, en cierto modo, ha venido a saldar la deuda que la Europa occidental adquirió con sus hermanos orientales tras los sucesos de Yalta y Potsdam.
Este artículo está dentro de una serie de textos que estoy escribiendo sobre el periodo de entreguerras; para leer el escrito anterior, pulsa aquí.
En el ámbito científico y humanístico se apreciaron también los efectos de la crisis, plasmados fundamentalmente en el triunfo de la irracionalidad y de la filosofía vitalista. A continuación analizaremos éstos fenómenos de una forma más sistemática:
El pensamiento de éste periodo estuvo profundamente marcado por el auge de la irracionalidad, la intuición y la experiencia, poniéndose fin así al imperio de la razón. Esto afectó profundamente al campo de la especulación científica, donde:
- Se produjo una degradación del análisis.
- El principio de causalidad fue sustituido por la casualidad.
- Predominó el escepticismo especulativo.
- El principio de la incertidumbre de W. Heisenberg sumió en una profunda crisis a la teoría de Max Plank.
- La física tradicional entró en crisis con la aparición de la teoría de la relatividad de A. Einstein.
- Exaltación de disciplinas como la biología, la medicina y la genética; es decir, todo aquello que, por su relación con la naturaleza, era considerado superior a la razón.
En el campo económico, tras una larga guerra en la que se había consolidado el papel predominante del Estado en la vida económica de los países, se vio claramente que no era posible un retorno al liberalismo clásico. De ésta manera, fueron surgiendo nuevas teorías que tenían como fin último reorganizar la vida económica de posguerra en base a unos nuevos principios; o, más bien, acomodar los ya existentes a la nueva situación. Entre éstos teóricos destacó Keynes, acérrimo defensor del intervencionismo estatal, que en su opinión debía basarse en dos principios:
- La regulación de la economía a través de la gestión de la demanda.
- La solución de las crisis cíclicas a las que estaba condenado el liberalismo clásico.
En el ámbito de las ciencias humanas se produjo una exaltación de las fuerzas irracionales y una profunda crítica de la razón. Esto tuvo una enorme importancia para el Derecho, ya que el parlamento pasó a ser considerado como el aspecto racional de la organización política, y la autoridad y la fuerza la irracional. Por tanto, según este modelo de pensamiento, tomar el gobierno de una manera antidemocrática no sólo estaba perfectamente legitimado, sino que éste se consideraba un poder superior al emanado del parlamento.
También se desarrolló enormemente la música atonal –con ausencia de relaciones armónicas (tonalidad)-, donde destacaron figuras como Berg, Schönberg y Webern.
A modo de conclusión, podemos añadir que no sólo se trató de un declive de los propios valores, bases e ideas del mundo contemporáneo, sino que también influyó la pujanza de las alternativas culturales y científicas.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.
[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.
[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.
[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.
Para leer el siguiente artículo dedicado al mundo de entreguerras, pulsa aquí.
La Guerra de Independencia II: de Bayona al 2 de mayo
Julio 29, 2008
Este artículo está dentro de una serie de textos que estoy escribiendo sobre la España de Fernando VII; para leer el escrito anterior, pulsa aquí.
A los sucesos de Aranjuez siguieron los de Bayona (1 de mayo de 1808). Napoleón decidió imponer su criterio y convocó a Fernando VII y Carlos IV con el fin de poner solución a la crisis monárquica española. Cumplió, en definitiva, su programa sustitucionista: Fernando abdicó en su padre, y este lo hizo en la persona de Napoleón. El emperador se convirtió así en arbitro y dueño de la Corona, que irá a parar a manos de un rey manejable y afín, su hermano José.
Con la desaparición de los Borbones del mapa político español comenzaron a derrumbarse las instituciones propias del Antiguo Régimen. La Junta de Gobierno -constituída por Fernando VII antes de viajar a Bayona-, el Consejo de Castilla, las Audiencias y las Capitanías Generales, se pusieron al servicio de la nueva autoridad venida del otro lado de los Pirineos. Sin embargo, la ausencia del rey, piedra angular del sistema, generó tal vacío de poder que pronto las instituciones comenzaron a hacer dejación de sus funciones. Ese vacío tuvo también su eco en las colonias americanas. Allí, al igual que en la Península, fueron surgiendo nuevas autoridades que, con el tiempo, se convirtieron en la base de la independencia.
Cuando el último Borbón salió de Madrid el pueblo se levantó contra las autoridades francesas; era 2 de mayo. Las tropas de Murat entraron en la capital con el fin de acabar con una reacción nacionalista que pronto se propagó por todo el país. En poco tiempo surgió el movimiento juntista, consecuencia del vacío de poder y de los movimientos de mayo. Se trataba de un fenómeno dominado por las élites ilustradas que trataba de articular la espontánea aparición de las Juntas Provinciales. Destacó en el ordenamiento de todo ese maremagnum inicial el liderazgo de Cuesta, Palafox y la Junta de Sevilla. Se desechó la posibilidad de establecer una Regencia, quedando una Junta Central, formada por representantes provinciales, como depositaria de los poderes de la nación. Bajo la autoridad de esta se encontraban las trece Juntas Supremas y las citadas Juntas Provinciales. El objetivo de esta nueva estructura estatal era la defensa de la nación frente al invasor francés, pero también desarrollar en España el ideario liberal. En cierto modo se trataba de un gobierno revolucionario.
Bibliografía:
[1] Historia Contemporánea de España II; Javier Paredes (Coord.) – Madrid – Ariel – 2005.
[2] Historia Contemporánea de España II; José Luis Comellas – Madrid – Rialp – 1986.
[3] Historia de España; José Luis Martín, Carlos Martínez Shaw, Javier Tusell – Madrid – Taurus – 1998.
[4] Las Cortes de Cádiz; Federico Suárez Verdeguer – Madrid – Rialp – 1982.
Para leer el siguiente artículo dedicado a la España de Fernando VII, pulsa aquí.
Memorias: 28 de julio, viernes mañana
Julio 28, 2008
Este artículo se inserta dentro del conjunto de recopilaciones que estoy haciendo en torno a los diarios de Viktor Kemplerer. Para leer el artículo anterior pulsa aquí.
(…) El martes acabé las clases. En esa clase de historia de la cultura me he permitido algunas semiocultas o evidentes osadías, en parte voluntaria, en parte involuntariamente. Habría podido costarme la cátedra. Lo más extraño ha sido mi relación con Eva Theissig, que me tiene gran apego y que es organizadora de células estudiantiles o algo así, en cualquier caso una personalidad del nuevo régimen. Cuando se despidió de mí para continuar sus estudios en Friburgo, le di el siguiente consejo: “¡Menos política y más ciencia! Y no se ponga usted demasiado a merced de esa causa. La suya es la ciencia: y tampoco puede saberse en política lo que traerá el porvenir. Usted me entiende: mi consejo me pone en manos de usted, yo sólo deseo su bien”. Me pregunto si podría seguir asesorándose conmigo. Creo que ella y miles de otros seguidores y miembros del Partido están desengañados hace tiempo. Creo (¿o sólo lo espero?) que esto no va a durar ya mucho tiempo. ¡Qué histeria en todas las palabras y obras del gobierno! Ese perpetuo amenazar con la pena de muerte, la toma de rehenes, hace poco la interrupción de todo el tráfico de viajeros de 12 a 12:40: ¡“Búsqueda de mensajes y de publicaciones contrarias al régimen en toda Alemania”! Además, continuamente esos artículos grotescos sobre la victoriosa batalla del trabajo en Prusia oriental” (donde, como es lógico, no hay parados en tiempo de siega), sobre el final del boicot extranjero, etc. (…).
Bibliografía:
[1] Quiero dar testiminio hasta el final: diarios 1933-1941; Viktor Kemplerer – Barcelona – Galaxia Gutenberg – 2003.
Para leer el siguiente escrito de este intelectual judío, pulsa aquí.
El día del Partido
Julio 27, 2008
Volvemos a consultar El triunfo de la voluntad. En esta ocasión se trata del acto central del día del Partido (NSDAP) en Nüremberg.

