Los últimos años de los zares
Febrero 7, 2008
Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 18 de enero de 2008.
En la segunda mitad del siglo XIX Rusia era un enorme imperio gobernado de forma autocrática por los zares de la dinastía de los Romanov. Mientras en buena parte de Europa Occidental había triunfado el liberalismo y se desarrollaba la industria capitalista, el imperio ruso mostraba un gran atraso político y económico. Todavía a comienzos del siglo XX aparecía como el último bastión del absolutismo. El zar ejercía un poder absoluto con el apoyo de la iglesia ortodoxa –era la cabeza de la misma-, del ejército, de una burocracia centralizada y de una policía política omnipresente –Okrana- encargada de reprimir cualquier oposición al régimen oficial. Se encarcelaba a las personas por delitos políticos y se les obligaba a emigrar a las nuevas tierras asiáticas. En el régimen de la Rusia zarista no existían partidos políticos legales, ni tampoco elecciones. Además, la población era mayoritariamente analfabeta, y en muchos casos padecía las consecuencias del hambre.
La sociedad rusa era predominantemente rural –85% a finales del XIX-. Hasta la abolición de la servidumbre, en 1861, el sistema feudal seguía muy arraigado y la industria era casi inexistente. Ante ese enorme atraso económico, el zar Alejandro II (1855-1881) aconsejado por algunos de sus ministros, decidió impulsar una serie de reformas que lograsen apuntalar un régimen que padecía una lenta agonía. En 1864 se crearon los “zemstvos”, consejos locales donde conjuntamente nobles, ciudadanos y campesinos adoptaban comunitariamente las medidas por las que se habían de regir las actividades municipales. Los “zemstvos” desarrollaron importantes iniciativas en la construcción de carreteras, en la sanidad y en la enseñanza (hacia 1881 se habían fundado 10.000 escuelas primarias).
Muchos miembros de la oposición al zarismo ejercieron de médicos o como profesores en estas instituciones. Durante estos años mejoraron también las Universidades que empezaron a acoger, además de hijos de la nobleza, a nuevos grupos sociales provenientes de la escasa clase media. La Justicia mejoró fomentando jueces y jurados independientes. Sin embargo, esta labor reformista no pudo acabar con la lenta agonía del sistema: el propio zar Alejandro II moría, víctima de un atentado terrorista, en 1881. De todo este proyecto reformista, la medida más importante fue la reforma agraria con la abolición de la servidumbre en 1861. Sin embargo, con esto no se alcanzaron los resultados esperados. Ni introdujo en Rusia una agricultura capitalista, a semejanza de las reformas agrarias liberales de la Europa occidental, ni atenuó la tensión social en el campo derivada de la miseria rural. Además, la ausencia de progreso agrícola frenó la industrialización.
En 1905, Stolypin, primer ministro del zar Nicolás II (1894-1917) emprendió una nueva reforma que pretendía crear una numerosa clase de campesinos prósperos y políticamente leales al régimen. Sin embargo, su alcance se vio limitado al no afectar a las propiedades de la nobleza y de la Iglesia; razón por la cual el campesinado más pobre no se benefició de ella. Además, suprimió definitivamente el “mir” y el pago de las redenciones, lo que favoreció la aparición de unos dos millones y medio de prósperos campesinos propietarios o “kulak”. La agricultura comercial cobró así un cierto auge. El desarrollo industrial, lento hasta 1890, se aceleró con el cambio de siglo debido a las inversiones extranjeras y a la construcción del ferrocarril. En 1900 la participación de capital no ruso en las empresas privadas del país era del 25%, superando en 1913 el 33%. Ello planteó un grave problema, el endeudamiento y la dependencia del exterior, que llevaron a los gobiernos zaristas a aumentar la presión fiscal para saldar la deuda externa.
El desarrollo del ferrocarril (30.000 km en 1887; 75.000 en 1913) impulsó las industrias siderúrgicas y la minería del carbón. Creó importantes islotes industriales en las regiones de San Petersburgo y Moscú, en Ucrania, en la Polonia rusa y en el bajo Don. Aún así, en 1913 la población activa en la industria moderna era de dos millones y medio de obreros; es decir, sólo el 5% de la población activa total. Por tanto, el Imperio Ruso conservaba muchos aspectos de una economía atrasada, aunque no estancada. El país estaba transformándose, pero el proceso era muy desigual: provocaba tensiones sociales y políticas en las ciudades, pero también en un mundo rural dominado por la miseria, el hambre y un reparto injusto de la tierra.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) - Barcelona - Ariel - 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson - Barcelona - Debate - 2007.
[3] La Rusia de los zares; Alejandro Muñoz-Alonso - Madrid - Espasa - 2007.
Austria-Hungría: de la Monarquía Dual a la desintegración (1867-1918)
Diciembre 20, 2007
Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 16 de diciembre de 2007.
El siglo que va desde la derrota napoleónica en 1815 al comienzo de la Gran Guerra en 1914 estuvo marcado por el auge del nacionalismo en el continente europeo. En este contexto la monarquía de los Habsburgo sufrió no pocas dificultades para mantener unido su imperio plurinacional. Además, el XIX no fue únicamente la época de las naciones; lo fue también de la ideología liberal. Es bien sabido que, de igual forma, los austro-húngaros presentaban en este aspecto numerosas carencias. Por lo tanto, unas estructuras arcaicas tuvieron que hacer frente durante casi cien años a las embestidas de las dos grandes corriente ideológicas del momento. En esta batalla podemos distiguir claramente los elementos disgregadores de los que tendían a fortalecer el viejo sistema. Entre los primeros encontramos a las fuerzas liberales y democráticas del momento, y a los distintos pueblos que formaban parte del Imperio (germanos, eslavos del norte, eslavos del sur, magiares, rumanos e italianos). Dentro del segundo grupo estaban la propia Corona, el ejército, la burocracia, la alta nobleza, los grandes empresarios y los ciudadanos de las distintas etnias que se mantenían fieles al poder central.
Como consecuencia de la victoria sobre la revolución en 1848, se estableció en el Imperio una política centralista y absolutista; al tiempo que se procedió a la modernización de las estructuras económicas. No obstante, con la derrota en las guerras contra Italia (1859) y Prusia (1866) se hizo inevitable el cambio dentro de la estructura estatal. Nació así la Monarquía Dual. Se redactó entonces una constitución que prometía la igualdad de derechos, y que obligaba, en el periodo de diez años, a convocar una votación en los territorios húngaros del Imperio con el fin de ratificar o rechazar la unión con Austria (Ausgleich). Además, el triunfo de Prusia puso fin a la influencia de los Habsburgo en territorio alemán. Esto obligó a los austríacos a reorientar su política expansionista hacia los Balcanes, que ya en esas fechas era uno de los puntos más conflictivos del mapa continental. Allí el Imperio chocó tanto con los intereses italianos en el Adriático, como con las ideas yugoslavistas de los propios serbios.
La situación de los Balcanes dentro del panorama internacional fue, hasta los primeros años del siglo XX, una cuestión de segundo orden. Su cambio de status –la transformación de este en un problema de vital importancia para la paz- fue consecuencia de la intervención de las potencias extra-balcánicas en las luchas de los nacionalismos autóctonos ¿Qué potencias y qué nacionalismos? En el primer grupo destacaron Austria, Rusia, e Italia; y en el segundo Serbia –el sueño de la Gran Serbia- y Bulgaria. Sin embargo, una guerra de proporciones similares a la de 1914-1918 no se produjo en un primer momento gracias a la vigencia del equilibrio bismarckiano. Fue con la ruptura de este –aproximadamente a partir de 1907- cuando comenzaron los problemas. La Monarquía Dual, aprovechando la debilidad exhibida por Rusia en su conflicto de 1905 con Japón, procedió a la anexión de Bornia-Herzegovina en 1908. Esto produjo un enorme malestar en la Corte de Pedro I, que en aquellos mismos meses estaba embarcado en el proyecto de construcción de la Gran Serbia. A continuación los acontecimientos siguieron un desarrollo muy similar a los de 1914: se desató la cadena de alianzas, que involucró en el naciente conflicto a Alemania y Francia. Finalmente, la mediación británica y el sentido común de los gobernantes lograron frenar la escalada belicista. El escollo se salvó en 1908, pero de la crisis se habían extraído enseñanzas muy útiles para el verano de 1914. Además, los bloques que más tarde se enfrentaron en la Gran Guerra quedaron perfectamente perfilados tras estos sucesos.
En 1912 tuvo lugar la guerra entre el Imperio Otomano y la Liga Balcánica. La causa: sacar el mayor provecho a la debilidad del primero en sus posesiones europeas. Los turcos resultaron derrotados, firmándose la Paz de Londres que, sin embargo, no puso fin a la guerra. Una vez vencido el “hombre enfermo” –nombre dado a los otomanos durante el siglo XIX- los miembros de la Liga se enfrentaron para repartirse el botín. Todo acabó con el triunfo de Serbia, que logró hacerse con la hegemonía tras la Paz de Bucarest. Esto reavivó el recelo austro-húngaro hacia sus vecinos eslavos. Tan sólo hacía falta una afrenta como el atentado sobre el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su mujer el 28 de junio de 1914 por el estudiante Gabrilo Princep, para empujar a Europa a una catastrófica guerra civil. En esa ocasión volvió a desencadenarse el juego de las alianzas sin que nadie pudiera detenerlo. La Gran Guerra duró cuatro años y provocó millones de muertos, entre ellos la Monarquía Dual de Austria-Hungría.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) - Barcelona - Ariel - 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson - Barcelona - Debate - 2007.
[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig - Barcelona - El Acantilado - 2002.
¿Qué fue la Sociedad de Naciones?
Diciembre 6, 2007
Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de noviembre de 2007.
Al finalizar la Gran Guerra (1914-1918) las grandes potencias fueron conscientes de que resultaba imposible el retorno al mundo anterior a 1914. Exhaustas por el esfuerzo que había supuesto el conflicto, emprendieron un nuevo rumbo con el fin de establecer un orden internacional distinto. La creación de la Sociedad de Naciones (SDN) fue uno de los principales acuerdos surgidos a partir del Tratado de Versalles. Fue concebida como instrumento mediante el cual resolver de forma pacífica los conflictos entre los estados. Al igual que el resto de proyectos del presidente Woodrow Wilson, despertó grandes esperanzas entre los antiguos combatientes. No obstante, el rechazo norteamericano a formar parte de la misma, la debilitó enormemente.
De entre los órganos de la SDN hablaremos en primer lugar de la Asamblea. Era considerada la más importante dentro de su estructura organizativa, ya que en ella participaban todos los países adscritos. Otro órgano era el Consejo, integrado por cinco miembros permanentes y cuatro elegidos por la Asamblea para un periodo de doce meses. A través de él se regulaban los enfrentamientos que amenazasen la paz. También se constituyó el Secretariado de la Sociedad de Naciones, formado por un amplio y eficaz cuerpo de funcionarios, y un Tribunal Internacional de Justicia, con sede en La Haya. Como hemos indicado anteriormente, los objetivos de la SDN eran la paz y la seguridad colectiva, el desarme, y el arbitraje como sistema para solucionar los conflictos internacionales. Estos eran sometidos al Consejo, cuya decisión debían acatar los estados implicados. El pacto preveía también la revisión de los tratados de paz, y contaba con medidas de presión para hacer valer su autoridad entre los estados miembros.
Una vez consolidada la paz en Europa, la SDN se encargó de controlar determinados enclaves considerados por los tratados de paz como puntos de jurisdicción internacional. Entre ellos destacaremos dos: la ciudad libre de Danzig y el Sarre. También le fue encomendado al recién creado organismo interestatal la administración de las colonias alemanas y de los países desgajados del imperio otomano. Además, en el seno del mismo se elaboró un amplio programa de cooperación humanitaria internacional, y se crearon entes paralelos con el fin de atender aspectos concretos de modo cooperativo. Destacaron entre estas la Organización Económica y Financiera, la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud.
Podemos señalar dos etapas en el funcionamiento de la SDN. Entre 1924 y 1929 la vivió su periodo de esplendor. Fueron años prometedores; una época en que las diversas naciones se esforzaron por la construcción de un orden internacional más justo. Alemania se incorporó en 1926 como fruto del buen desarrollo de este organismo, cuyas indicaciones eran respetadas y respaldadas por todos sus miembros. El año 1929 marcó el inicio del desprestigio de la SDN. La crisis económica puso fin a la solidaridad internacional que había caracterizado la etapa anterior. Se había abierto el camino que, en apenas diez años, iba a llevar a esas naciones a un conflicto de proporciones desconocidas. A lo largo de este periodo de crisis fueron surgiendo los primeros roces importantes entre los miembros de este organismo. Finalmente, tanto Alemania como Italia abandonaron ese contexto de paz para sumergirse en sus planes expansionistas; la SDN había dejado de ser un intrumento eficaz para el arbitraje en las disputas internacionales. Lo que pasó después ya lo conocemos. Seis años de guerra (1939-1945) hicieron falta para acabar con el peligro nazi-fascista en el Viejo Continente. La paz no resucitó este organismo, sino que se creó otro similar: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, a la hora de constituir este nuevo ente, las naciones supieron aprender de los errores cometidos en la construcción de la Sociedad de Naciones.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) - Barcelona - Ariel - 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson - Barcelona - Debate - 2007.
[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen - Madrid - Alianza Editorial - 1992.
[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa - Valladolid - Universidad - 1996.
[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig - Barcelona - El Acantilado - 2002.
La emancipación de Hispanoamérica
Noviembre 29, 2007
Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 14 de octubre de 2007.
A comienzos del siglo XIX, España perdió la inmensa mayoría de sus territorios coloniales en el continente americano. Este proceso duró poco menos de una década; si bien es verdad que los sucesivos gobiernos españoles tardaron más tiempo en reconocer la independencia de esas nuevas naciones. En ese periodo fueron surgiendo nuevas estructuras políticas que pronto tomaron caminos distintos; la unificación -siguiendo el modelo norteamericano- de las colonias en un sólo estado no pudo llevarse a cabo. Sin embargo, analizando detenidamente el procedo emancipador de los países que hoy forman el mundo hispanoamericano, encontramos numerosos parelelismos. Por tanto, el objetivo de este artículo es descubrir al lector algunos de estos elementos comunes sin pretender llegar a un alto grado de detalle; seguramente existan más coincidencias en la independencia de estas nacionanes, pero yo sólo he querido centrarme en las pocas que presento en este escrito. Son abundantes las obras que tratan de estudiar las causas que condujeron a los territorios americanos a buscar la independencia de España. El historiador Jaime Delgado Martín suele citar en sus obras tres aspectos: la peculiaridad del proceso emancipandor hispanoamericano, las causas internas que condujeron al mismo, y la influencia de otras potencias europeas en el proceso. De esta manera, el autor señala como factores importantes el surgimiento de un nuevo hombre americano bien distinto del Europeo, la decadencia de la metrópoli, la pujanza de los criollos, el desarrollo de un movimiento ilustrado específico de las colonias, el malestar provocado por las reformas borbónicas, la invasión de España llevada a cabo por los ejércitos de Napoleón Bonaparte…
Además, es ya clásica la división temporal de la independencia hispanoamericana en tres etapas: los motines de Aranjuez americanos, los movimientos de incomodidad, y los movimientos de supervivencia. La primera de ella es una buena muestra de la importancia que tuvieron los acontecimientos españoles en el desarrollo del proceso emancipador de las colonias. El acontecimiento histórico que conocemos con el nombre de Motín de Aranjuez fue un levantamiento popular, promovido por algunos notables españoles, con el fin de situar en el trono a Fernando VII, derribando así el gobierno pronapoleónico de Carlos IV y Godoy. Este nombre ha sevido también para denominar a los sucesos americanos de 1808. Tras la invasión de España por parte de los ejércitos de Napoleón y la coronación como rey de su hermano José I, las autoridades coloniales se vieron empujadas a elegir entre la lealtad a los borbones o el reconocimiento de la dinastía Bonaparte. Todos ellos se decantan por los primeros. Sin embargo, ello supondrá el derrocamiento de aquellos virreyes favorables a la causa francesa. Se trata, pues, de un ejercicio de autonomía por parte del pueblo, especialmente de los criollos. Con esto, los colonos comenzaron a ser conscientes de que podían gobernarse sólos, tanto si España lograba rechazar al enemigo napoleónico como si no.
La segunda de estas etapas afectó tan sólo a dos núcleos del continente: Quito y Charcas. Estos acontecimientos son denominados movimientos de incomodidad, ya que ambos territorios no estaban satisfechos con su estatus dentro de la organización colonial española; esta fue la causa de la rebelión. Además, los dos intentos por alcanzar la autonomía coincidieron también en la mano que se encargó de hacerlos volver al redil español: el virrey de Perú José de Abascal. El tercero de los procesos si afectó a todo el territorio hispanoamericano. Se trata de los movimientos de supervivencia: reacción de las colonias ante lo que parecía el final de la patria madre. La derrota en la batalla de Ocaña llevó a muchos, entre ellos José de San Martín, a pensar que el fin de España era inminente. Sólo parecía quedar una solución: iniciar una nueva aventura nacional que permitiera resistir desde América el empuje de Napoleón. Desde ese momento, y a pesar de la victoria española frente a los franceses, la voluntad por lograr la independencia no se quebró en el alma de los americanos. De diversas lograron asentarse como estados libre más allá del Atlántico; sin embargo, todos siguieron este triple esquema que acabamos de describir.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea I; Javier Paredes (Coord.) - Barcelona - Ariel - 2004.
[2] La emancipación de Hispanoamérica; Jaime Delgado Martín
[3] Simón Bolívar; John Lynch - Barcelona - Crítica - 2006.
[4] Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826; John Lynch - Barcelona - Ariel- 2008.
Comentarios a “El desempleo de masas en la Gran Depresión”
Octubre 1, 2007
Hace varios meses publicaron en la página web del Club Lorem-Ipsum una crítica que escribí sobre el último trabajo del profesor José Ramón Díez Espinosa: El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos. Posteriormente reproduje este mismo artículo este blog; pueden leerlo pulsando aquí. Ahora tengo la intención de ir diseccionando brevemente esa obra; capítulo a capítulo. Y utilizo el verbo diseccionar porque no pretendo dejar demasiados comentarios u opiniones personales –mi aportación está presente ya en la crítica a la que aludía al comienzo-, sino explicar brevemente la información que el lector encontrará dentro del libro.
El objetivo de esta serie de artículos es mostrar al lector la riqueza del trabajo que se esconde tras esta amena y novedosa manera de escribir Historia. La cantidad de novelas que es necesario leer y releer; el afán por buscar entre fotografías antiguas con el fin de seleccionar las más adecuadas para cada temática; la preocupación por entrar de lleno en el mundo musical del momento. Y a todo esto hemos de sumar el rigor histórico y estadístico presente en el discurso del autor. Por lo tanto, en mis anotaciones al trabajo de Díez Espinosa, me limitaré a citar las palabras tomadas de la novela de entreguerras; a describir las imágenes captadas por medio de las máquinas fotográficas de la época; a recopilar los sonidos ocultos en forma de letras de canciones. Por supuesto, también comentaré brevemente la temática de cada uno de los artículos; añadiendo al mismo tiempo algún dato estadístico presente en el libro.
Bibliografía:
[1] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa - Valladolid - Universidad - 2006.
[2] El desempleo de masas en la Gran Depresión; Carlos González Martínez - Club Lorem-Ipsum- 23 de Febrero de 2007.
Para leer el siguiente artículo, pulsa aquí.

