Artículo publicado por Historia en Presente el 1 de junio de 2008.

Llevamos más de dos años dándole vueltas a la cuestión turca. En numerosos círculos se ha discutido, y se sigue discutiendo, acerca de la conveniencia de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Con este artículo trato de aportar una visión histórica del problema, al tiempo que advierto –siguiendo la línea marcada por Anthony Giddens en “Europa ante la era global”- de las consecuencias negativas de tener a los turcos de espaldas al proyecto europeísta. He de reconocer que este texto no es más que la refundición –en ocasiones copia- de varios artículos que había escrito ya sobre la cuestión. Principalmente me he basado en dos: “Turquía: Atatürk camina hacia Europa” y “Turquía si, pero más tarde”. Ambos se encuentran en la bibliografía que he añadido al final.

Turquía: currículum vitae

El proceso de occidentalización llevado a cabo por el primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, está a punto de cumplir noventa años. Durante ese periodo, y especialmente en sus inicios, se llevaron a cabo una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental [1]. Además, es evidente que el devenir histórico fue favorable para el desarrollo de esos planes reformistas. Tras la Segunda Guerra Mundial, y en pleno escenario de Guerra Fría, Turquía se convirtió en una pieza clave como aliada de los Estado Unidos. Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. A los turcos parece faltarles tan sólo una importante pieza para completar su puzzle: la entrada en la Unión Europea. La adhesión de Turquía al proyecto Europeo, bien por desidia de sus gobernantes o por las dificultades internas del país, se frustró en tres ocasiones: 1973, 1981 y 2004 [1]. Sin embargo, el 3 de octubre de 2005 se iniciaron por fin las negociaciones para admitir a Turquía como miembro del proyecto europeísta [4]. En relación a estas, hemos de indicar algo de lo que son plenamente conscientes muchos dirigentes de la Unión: los turcos pueden aportar una gran riqueza al proceso de integración europea, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Medio como toda la franja costera del norte de África. También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca [5].

Turquía si, pero todavía no

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007. Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración [6].Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes. No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas. El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico. La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación. Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar [2]. Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista. Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona - Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[5] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

[6] Turquía si, pero más tarde; Carlos González Martínez– Planisferio – 25 de mayo de 2008.

Artículo publicado por El Planisferio el 25 de mayo de 2008.

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007. Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración.

Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes. No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas. El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico.

La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación. Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste.

Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar. Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista. Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona - Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

050.jpgEl 9 de mayo de 1950 Robert Schuman, ministro de exteriores galo, lanzaba a los Estados europeos una ambiciosa propuesta: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Un año después seis países –Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- firmaban este tratado en París, y elegían a otro francés, Jean Monnet, como Alta Autoridad de este organismo. La andadura europea comenzaba, y lo hacía con el impulso de una gran nación: Francia. Todo esto hubiera sido imposible sin el apoyo de los demás integrantes, pero el protagonismo francés parece claro. Es más, incluso si nos remontamos a la prehistoria de las Comunidades Europea tenemos que destacar a otro político de ese país, Aristide Briand, como impulsor del proyecto. Europa siempre –incluso actualmente- ha estado mirando a Francia, y su construcción como proceso integrador ha dependido bastante de la actitud de aquel país. Por esa razón, en estos más de cincuenta años, los franceses han tenido tanto la fuerza de dar grandes impulsos a Europa, como la capacidad de frenarla introduciendo en su seno procesos de crisis.

Una de las características más curiosas de los sucesivos rechazos del Estado francés a las directrices marcadas por Europa es que cada vez lo ha hecho de un modo distinto. Hemos visto como lo vetaban en la Asamblea Nacional –Comunidad Europea de Defensa (1954)-, como sus representantes abandonaban los organismos comunitarios –crisis de la “silla vacía” (1966)-, y como el pueblo soberano expresaba su oposición mediante el mecanismo del referéndum –Constitución Europea (2005)-. La otra característica a tener en cuenta es que, salvo en la crisis de 1966, el gobierno francés, favorable a la profundización en la integración, se encontró con la oposición institucional o popular. Resulta frecuente en todo este periplo histórico encontrarse con una Francia dividida; con un poder ejecutivo que no es respaldado en el momento adecuado por los diputados o el electorado. Read the rest of this entry »

¿Cuándo nación Europa?

Agosto 20, 2007

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 9 de mayo de 2007.

El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman lanzaba a las naciones del Viejo Continente un reto llamado CECA. La primera comunidad europea, la del Carbón y del Acero, marcó el inició del largo camino de integración en el que todavía hoy estamos inmersos. Europa como proyecto hecho realidad surgió en el preciso instante en que el ministro de exteriores francés pronunció su discurso invitando a los demás países a subirse en la barca comunitaria. Alemania, gobernada por el cristianodemócrata Konrad Adenauer, ya había mostrado con anterioridad su posición favorable hacia el sueño de Schuman y Monet. Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo acompañaron a franceses y alemanes en este primer viaje paneuropeo. En esa misma década también tuvieron lugar el fallido proyecto de la Comunidad Europea de Defensa, la Conferencia de Messina y los Tratados de Roma. Posteriormente el marco comunitario se fue ampliando, tanto en lo relativo a logros y acuerdos como en lo que a integrantes se refiere. Sin embargo, el primer paso –el fundamental- lo protagonizó Robert Schuman el 9 de mayo de 1950; y por esa razón, en tan señalada fecha, celebramos el Día de Europa.

El pasado 25 de marzo conmemoramos el quincuagésimo aniversario de la Comunidad Económica Europea y la Euratom. “Cincuenta años -decían muchos titulares periodísticos- no son nada”, pero lo cierto es que a todos nos gusta celebrarlos como se merecen. Los Tratados de Roma sacaron a Europa de un atolladero que podía haber acabado con el sueño de la solidaridad europea. Sin embargo, la ignorancia de muchos informadores y políticos les ha llevado a identificar esta fecha con la del nacimiento de Europa. Nada más lejos de la realidad: esta barca no tiene cincuenta años, sino siete más.

En ese periodo de tiempo el proyecto inicial ha variado mucho, tanto en actores como en medios y siglas. Sin embargo, los principios que hoy mueven la Unión son los mismos que lo hicieron desde los tiempos de Schuman. Por esa razón, no cabe plantearse la existencia de “muchas europas” desde la CECA hasta la presidencia alemana de Angela Merkel. Europa ha sido una, si bien de diversas formas, durante estos cincuenta y siete años. El cambio de ropajes no varía la esencia del sueño paneuropeo.

Después de esta defensa del 9 de mayo como fiesta europea, cabe preguntarse si no existían esos principios antes del discurso de Schuman. Si fuese así, que lo es, Europa como proceso integrador tendría muchos más años. No podemos ignorar a personajes como Coudenhove-Kalergi o Aristide Briand: europeistas convencidos que defendieron la construcción de una Europa unida. Sin su labor, la CECA, y todo lo que llegó tras ella, hubiera resultado imposible: abrieron las puertas intelectuales y políticas al paneuropeísmo. No obstante, sin desmerecer la fundamental tarea de estos “abuelos de Europa”, conviene recordar que no lograron plasmar con forma institucional su pensamiento y esfuerzos. Con ellos la Unión no era más que un embrión; un sueño que no se haría realidad –nacer, al fin y al cabo- hasta 1950.

Pienso que los europeos tenemos una referencia cronológica clara en lo referente al nacimiento de la Unión: el discurso Schuman del 9 de mayo. Existen otras efemérides que celebrar y otros personajes a los que admirar, a los que reconocer sus méritos. No todo lo que se plasmó en el Tratado de París salió de la chistera del ministro de exteriores francés; ni siquiera de los que colaboraron con él. Estos hombres eran deudores de las ideas de otros, de siglos de Historia en común que habían labrado una cultura capaz de abrazar esos deseos de integración. Sin embargo, les tocó a ellos plasmar esa herencia y esos sueños en el primero de los numerosos tratados que conforman la actual Europa. Antes de ellos no había más que ideas. Fueron los constructores de la CECA los que transformaron la potencia de estas en algo tangible donde fortalecer la colaboración y solidaridad entre los estados miembros. La obra posterior –las ampliaciones a otros países y los diversos tratados que han acabado por configurar la actual Unión Europea-, aunque importante e innovadora, sigue básicamente la pauta marcada por los “padres de Europa”; esos personajes que supieron poner el primer ladrillo de este gran edificio.

En fin, todas las piezas del puzzle son importantes, pero por algún punto se empieza. El 9 de mayo de 1950 constituye esa primera pieza. Por eso, sin desmerecer los hitos del resto del proceso integrador, hemos de celebrarlo como el momento más importante del mismo. Sería una pena que en la conciencia de los ciudadanos europeos faltara un referente básico a la hora de forjar nuestra identidad.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) - Comares - Granada - 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez - Comares - Granada - 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman - Encuentro - Madrid - 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune - Palabra - Madrid - 2000.

[5] Paneuropa: dedicado a la juventud de Europa; Richard Coudenhove Kalergi - Tecnos - Madrid - 2002.

[6] Por Europa; Carlos González Martínez - Historia, política y autores - 12 de Junio a 30 de Julio de 2007.

15.jpgTerminamos este repaso a “Por Europa” con tres citas de Robert Schuman que remarcan el providencial papel que a lo largo de los últimos siglos ha jugado Europa. Los europeos, con nuestros muchos errores y defectos, somos, al fin y al cabo, herederos directos de los arquitectos de la cultura occidental. Desde el Viejo Continente se exportó esa forma de ver el mundo -cultural, religiosa, económica, política, social…- al resto del orbe. Cierto es que hoy casi todos somos hijos de esa manera de pensar, pero su cuna se encuentra en Europa. El autor recurre a esto para despertar la conciencia de los europeos, para insistirles en que han de participar activamente en el desarrollo de la gran estructura que sus antepasados levantaron. Es más, según Schuman, Europa se encuentra ante su última oportunidad de enmendar sus errores del pasado y favorecer el desarrollo de una Humanidad más justa.

Para leer los recopilaciones anteriores de este serie pulse en los links:

- ¿Por qué una Europa unificada?

- Unificación basada en la fraternidad cristiana

- La Europa democrática y el cristianismo

- Europa, los Estados y las fronteras

- La Europa de la mundialización

- Europa y las patrias

- Inglaterra, Alemania y Francia

- La escuela de Europa

- Europa y la política exterior

Europa ha proporcionado a la humanidad su pleno florecimiento. A ella le corresponde mostrar un camino nuevo, opuesto al avasallamiento, con la aceptación de una pluralidad de civilizaciones, en la que cada una de estas practicará un mismo respeto hacia las demás. Read the rest of this entry »