María Wittner, una vida contra la mentira

marzo 2, 2007

maria_231006.jpgCafé Babel nos ofrecía hace meses la historia de María Wittner, que nos muestra el lado más humano de la insurrección húngara. Es el retrato de una mujer que luchó por la libertad y que, tras el fracaso de la Revolución de 1956, fue condenada a la pena de muerte y estuvo doce años en la cárcel.

“María Wittner no se siente libre. Ni siquiera a día de hoy. Esta mujer de 69 años de edad señala hacia una ventana, en el ático de un edificio en el centro de Budapest. El 23 de octubre de 1956, en ese mismo lugar, ayudó a sus compañeros en el asalto a la radio estatal. El día que la convirtió en una luchadora por la libertad fue ya hace 50. La batalla no ha terminado todavía. Según ella, Hungría aún no es libre, pues las mentiras de los políticos lo impiden.

María Wittner nació en Budapest en 1937. Hasta los 11 años, su educación corrió a cargo de monjas carmelitas, ya que su padre abandonó a la familia y la madre no podía hacerse cargo de sus otros seis hermanos. “Todavía agradezco los años pasados en el internado del pequeño pueblo de Gyömöre, pues allí aprendí que las mentiras son pecados”.

Mentiras continuas

Al no poder soportar la educación ideológica que le dieron luego en el instituto, María se desplazó a Szolnok, una ciudad en el centro-este de Hungría, donde trabajó como educadora de niños y después como taquígrafa. Tras una corta relación sentimental con un hombre, se quedó embarazada, dando a luz en Budapest, en 1955: un año antes de la revuelta. Entonces contaba con 18 años. Al no tener ni la mayoría de edad ni el permiso para establecerse en Budapest, el Estado se hizo cargo del recién nacido y lo alojó en un orfanato.

Cuando el 23 de octubre de 1956 se enteró de que se estaba organizando una manifestación para apoyar la protesta de los trabajadores polacos represaliados unos meses antes tras manifestarse, decidió salir también a la calle. “Ya había mucha gente en la calle. Vi cómo ardía un coche. Delante de una librería, la gente había hecho una montaña con libros comunistas y los estaban quemando”. Las fuerzas de seguridad del Estado tomaron la cadena estatal de radio cuando, en un programa, un moderador autocrítico pronunció las famosas palabras: “Mentimos día y noche, mentimos en cada momento”. Por su lado, los insurgentes intentaron tomar la radio, con el fin de informar a la población sobre sus intenciones. Maria Wittner tomó parte en esta acción. Aguantó once días en el edificio frente a la radio, ayudando a los insurgentes. “Cargaba con las armas y se las daba a los muchachos, aunque a veces también disparaba”.

Huída fracasada

El 4 de noviembre, una astilla de granada le hirió, por lo que ingresó en el hospital. “En el hospital perdí toda la fe en la victoria, ya que podía oír el ruido continuo que producían los lanzagranadas rusos”. Después de aplastada la revuelta, María Wittner consiguió huir con un grupo insurgentes a Austria, antes de la Navidad de 1956. Luego, fueron trasladados a Viena. Maria Wittner decidió entonces emigrar a Australia, no sin antes pedirle a la Cruz Roja que encuentre a su hijo en Hungría y se lo llevara a Viena para poder irse con él. Tras varias semanas de búsqueda infructuosa, María se cansó de esperar y volvió a Hungría a buscarlo ella misma.

Encontró un empleo en una fábrica de transistores, pero antes de cobrar su primer sueldo, en otoño de 1957, le arrestaron. “Por la noche, los oficiales de las fuerzas de seguridad del Estado llamaron a mi puerta y registraron la casa. Encontraron mi tarjeta de emigrante austriaca, provocando ello mi arresto inmediato”. El juicio tuvo lugar en 1958. María Wittner fue condenada a la pena de muerte por su actividad revolucionaria, por cruzar la frontera de modo ilegal y por espionaje.

Escapando a la muerte por poco

En la prisión de Budapest compartió celda con su amiga Kati, que había luchado junto a ella en la revolución. Sólo dos días después de terminar su juicio, Kati fue ejecutada. Maria Wittner, sin embargo, pasó un mes de incertidumbre hasta que se enteró de que su sentencia resultó permutada por la de cadena perpetua. Su vigilante le explicó que era porque en el momento en que cometió las infracciones todavía era menor de edad. “Hasta 1989 intenté adivinar por qué había sobrevivido: se estaba consolidando la situación, o ¿era realmente demasiado joven?

En la prisión de Kalocsa (en el centro del país), y en particular durante los primeros años de encarcelamiento, sufrió las malas condiciones sanitarias del centro penitenciario y la violencia de los vigilantes. Como retrete tenía que usar un cubo abierto en la celda, las chinches eran una tortura constante para las horas de sueño en las literas. El contacto con su hijo, que tras una larga búsqueda encontró en un orfanato, vuelve a diluirse, enterándose más tarde de su muerte por enfermedad. Doce años después de su arresto, el 25 de marzo de 1970, en el marco de una amnistía para presos políticos, María Wittner sale de la cárcel.

La lucha continúa

Desde 1972, Maria Wittner vive en Dunakeszi, cerca de Budapest. Después de la caída del muro, en 1989, fundó la Federación de los Presos Políticos, con el fin de conseguir un entierro digno para sus camaradas de 1956, pues los muertos de la revolución, así como muchos que luego fueron asesinados, habían sido enterrados en fosas comunes. En 2006, María Wittner ha conseguido entrar en la política como miembro de la sección del Partido Fidesz (conservador), que forma parte de la oposición en Budapest.

Incluso hoy, dice María, su misión es luchar por la justicia y la libertad en Hungría. Al cambio democrático de 1990 prefiere llamarlo un cambio de la antigua elite política y sus pupilos. “Yo ya soy pensionista. Pero temo que si dijese mi opinión en público, como empleada de una empresa, es probable que me echaran al día siguiente”.

Este verano, la historia de 1956 pareció repetirse en Budapest, esta vez ya bajo capitalismo. Durante las recientes manifestaciones en la capital húngara, cuando decenas de miles de manifestantes protestaron contra el gobierno socialista, María Wittner pronunció un discurso feroz en el Parlamento húngaro. Una vez más, repitió lo que le habían enseñado en su día las hermanas carmelitas: “Hablo la verdad. Os guste, o no”.

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