La década de Blair

mayo 12, 2007

images5.jpgReproduzco íntegramente un artículo de Anthony Giddens -sociólogo británico, autor de “La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia”– que publica hoy ElPaís. Trata, como bien se aprecia en el título, el adiós del premier británico Tony Blair haciendo un breve repaso de su estancia en el número 10 de Downing Street.

Parece que fue ayer… El 4 de mayo de 1997, un grupo de amigos organizamos (y financiamos) una fiesta callejera en Londres para celebrar la victoria laborista. En ella estuvieron muchos futuros miembros del nuevo gobierno. Tony Blair y Cherie, su esposa, no vinieron, con la comprensible disculpa del agotamiento tras la tensión de los días anteriores. No fue una celebración llena de júbilo como la explosión de banderas que se produjo posteriormente, cuando los Blair se trasladaron al número 10 de Downing Street.tony_blair_l.jpg

Ahora que han pasado 10 años y Blair está a punto de retirarse, gran parte de este periodo ha transcurrido (al menos para mí) en una especie de nebulosa blairiana: la muerte de la princesa Diana, Bill Clinton, una sucesión de líderes conservadores sin rostro que se fueron como habían venido, las guerras en Bosnia, Kosovo, Afganistán, Irak, el informe Hutton, las batallas por las tarifas universitarias, una alianza impensable con Bush y la derecha estadounidense.

A primera vista, da la impresión de que Blair empezó siendo muy popular con el público y la prensa, una popularidad que duró bastante tiempo pero que fue desapareciendo a medida que los ciudadanos empezaron a desconfiar cada vez más de él, rechazaron determinadas políticas y pusieron en duda su integridad tras la invasión de Irak. Mis recuerdos son bastante distintos. En el momento de escribir estas líneas, el periódico The Guardian, que es de izquierdas, publica un artículo sobre Blair titulado ‘Éste es el día en el que murió el Nuevo Laborismo’. ¿De verdad? Recuerdo titulares parecidos desde los primeros momentos de la llegada del Nuevo Laborismo al Gobierno.

Habrían sido comprensibles los ataques de los tories, la derecha conservadora, a los que les ha resultado muy difícil dejar de ser el partido gobernante “natural”, como lo fueron durante la mayor parte del siglo XX. Lo que ha sido más difícil de soportar y comprender es el constante aluvión de críticas de la izquierda, no sólo en el Reino Unido, sino también en el resto de Europa. Siempre que hay un Gobierno de centro-izquierda, tiene que sufrir críticas por no ser suficientemente de izquierdas, una acusación fácil para quienes no tienen que debatirse ni con las realidades del poder ni con los problemas prácticos de llevar a cabo una reforma. Pero la aversión a Blair y el Nuevo Laborismo va más allá. Parece nacer, muchas veces, de una interpretación casi voluntariamente equivocada de cuáles eran los objetivos del Nuevo Laborismo.

La izquierda ha acusado a Blair, según las ocasiones, de gobernar en función de los sondeos y de todo lo contrario, de no prestar suficiente atención a lo que quiere la opinión pública; de estar obsesionado por el control, y, al contrario, de presidir un partido dividido y ser, sobre todo, incapaz de controlar a su ministro de Hacienda; de no tener un programa ni una visión de conjunto para el país; de favorecer los mercados a expensas del ámbito público o, dicho de otra forma, actuar como un thatcheriano; de no haber contribuido a la redistribución de la riqueza ni haber reducido las desigualdades; de imponer un Gobierno presidencialista y disminuir la influencia del Parlamento; de adular a los ricos; de encubrir o directamente mentir en el periodo previo a la guerra de Irak; de conservar a colaboradores a los que debería haber despedido y deshacerse de otros a los que debería haber sido leal; de seguir ciegamente la política exterior de Estados Unidos, fuera cual fuera; de privatizar la educación y la sanidad; de no interesarse lo bastante por el medio ambiente, por lo menos hasta muy tarde; de mermar las libertades con la implantación de los carnets de identidad y sus estrategias sobre delincuencia y terrorismo; y seguramente otros muchos fallos y traiciones.

Estas acusaciones, en su mayoría, me parecen engañosas o falsas. Cuando Blair llegó al poder dijo: “Nos han elegido por ser el Nuevo Laborismo y gobernaremos como Nuevo Laborismo”. En cada una de las tres elecciones a las que se ha presentado como dirigente ha afirmado algo similar, y ha hecho bien. Su sucesor tendrá que hacer lo mismo, por lo menos si quiere tener alguna posibilidad de ganar las próximas elecciones. “Gobernaremos como Nuevo Laborismo”. El Nuevo Laborismo se basaba en unos cuantos principios básicos, todos ellos firmemente defendidos y promovidos por Blair. Son los principios que, por así decir, definen la tercera vía:

1. Poner la economía ante todo. Una economía robusta es la condición indispensable para tener una política social eficaz, y no al revés. En el Reino Unido, hoy, aproximadamente el 75% de la población activa tiene trabajo, una cifra muy superior al 64% de la media de la UE. Hay que generar ingresos fiscales para el Estado, sobre todo, mediante la creación de empleo y el éxito económico.

2. Ocupar el centro político. Hacerse con el centro no es lo
mismo que recaer en el conservadurismo: se trata de mover el centro hacia la izquierda. Creo que ese objetivo se ha logrado. Gran Bretaña es una sociedad más socialdemócrata. Para triunfar en las elecciones, la oposición conservadora ha tenido que aceptar muchos de los objetivos y las políticas de los laboristas.

3. En el progreso hacia la justicia social, concentrarse en los pobres más que en los ricos. Centrarse especialmente en reducir la pobreza infantil, porque es la forma de pobreza más perniciosa. Entre 1997 y 2005, salieron de la pobreza más de dos millones de personas, entre ellas unos 800.000 niños. (Un 6 sobre 10; se han hecho muchas cosas, pero hay que hacer muchas más para conseguir que Gran Bretaña sea una sociedad más igualitaria).

4. Invertir en los servicios públicos, sobre todo en educación y sanidad, pero sólo con la condición de que se hagan reformas, y reformas bastante radicales. Es muy importante la eficacia, pero también lo es tener más variedad de elección y más voto. Es un error gratuito, que cometen muchos detractores, contraponer los servicios “públicos” (estatales) a los “privados”. Lo que verdaderamente importa es quién sirve mejor los intereses de la población en un contexto determinado.

5. No dejar ningún problema en manos de la derecha. Ofrecer, en cambio, soluciones de centro-izquierda. Ser duros con el crimen y duros con las causas del crimen no son meras palabras bonitas, sino una fórmula política apropiada, si se desarrolla como es debido. A Blair se le ha criticado mucho por mermar las libertades civiles al abordar esta cuestión. Pero ¿es libre una persona si tiene miedo de pasear por el parque o salir de noche, o si unos vecinos escandalosos le amargan la vida?

6. Llevar a cabo una política exterior activista. Blair decidió desde el principio que hay que pensar en el uso de la fuerza cuando fracasan las estrategias de negociación. Esa política dio frutos en Bosnia, Kosovo, Sierra Leona y, en los primeros tiempos, en Afganistán. Fue un fracaso catastrófico en Irak. (Blair se va del cargo en una posición peor que cuando llegó a Downing Street rodeado de fanfarria y con tanta seguridad en sí mismo, hace 10 años. Si se piensa en las extravagantes esperanzas que tenían algunos cuando el laborismo conquistó el poder después de 18 años al margen, es evidente que Blair y el Nuevo Laborismo se han quedado muy por debajo de las expectativas. Sin embargo, en comparación con sus contemporáneos Gerhard Schröder, Romano Prodi -desde que es primer ministro de Italia- y Lionel Jospin, Blair ha logrado muchas más cosas).

En lo fundamental, Gran Bretaña ha cambiado para mejor. El thatcherismo está muerto, la tasa de paro es baja y la de empleo es alta, Escocia y Gales cuentan con asambleas propias, en Irlanda del Norte existe algo parecido a la paz, la pobreza está disminuyendo, los índices de criminalidad han descendido en casi todos los tipos de delitos, hay leyes sobre derechos humanos y libertad de información, y ha habido otros cambios muy loables. A pesar de lo que cree la gente, no hay duda alguna de que los esfuerzos reformistas y las grandes sumas de dinero que se han invertido en los servicios públicos han dado fruto. Algunas de las políticas más polémicas en su día, como la de cobrar a los estudiantes universitarios parte del coste de su educación, han demostrado ser acertadas. La ampliación de la enseñanza superior es una necesidad en una economía basada en el conocimiento. El Estado no puede sufragarla por completo, porque el resultado serán unas universidades superpobladas y en decadencia, como las que existen en Alemania e Italia. Es justo que los estudiantes contribuyan, puesto que la obtención del título les proporciona grandes ventajas económicas y profesionales.

Diez años después, los laboristas van muy por detrás de los conservadores en las encuestas. Ahora que Blair abandona la escena, ¿será el fin del partido que él ayudó a situar en el Gobierno durante tres mandatos, una hazaña a la que nadie se había ni acercado hasta ahora? No creo. El sucesor de Blair va a ser, casi con total seguridad, el actual ministro de Hacienda, Gordon Brown. Brown es un político con un talento comparable al del propio Blair, si bien no tiene una personalidad tan extrovertida. Es, desde 1997, el responsable de las políticas económicas que han colocado el PIB per cápita de Gran Bretaña por delante de los de Alemania y Francia. Será primer ministro durante dos años, por lo menos, antes de tener que convocar las próximas elecciones. Todavía es posible que los laboristas obtengan un cuarto mandato consecutivo, un hecho sin precedentes en la política británica.

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