Turquía: ni “sharía” ni golpe

mayo 23, 2007

images8.jpgVuelvo a echar mano de El País. En esta ocasión se trata de un artículo de Antonio Elorza sobre la cuestión turca. En el aborda su posible integración en la Unión Europea, las ventajas que esto supondría para ambas partes, la oposición del Presidente francés, y la última crisis presidencial marcada por el enfrentamiento entre kemalistas e islamistas. Insisto, como bien he dicho otras veces, que este es el punto de vista del autor del texto, no la mía. Yo puedo coincidir con él en unas cosas y mostrar un total desacuerdo en otras. Mi opinión sólo queda recogida en mis artículos.

Tal vez el indicio más claro del fondo reaccionario que anida en la personalidad política de Nicolas Sarkozy haya sido su terminante toma de posición contraria al ingreso de Turquía en la Unión Europea. Fue el único momento del debate con Ségolène Royal en que el hoy presidente utilizó un estilo agresivo. En su última aparición electoral en Saboya volvió a insistir: era europeo y decía no al ingreso de Turquía, que está en Asia (¿y Estambul?). Para concluir que el ingreso turco supondría “la muerte de Europa”.

Es preciso destacar el riesgo que representa tan áspera toma de posición en los momentos actuales, cuando Turquía se encuentra sumida en una crisis política y de identidad sobre cuya salida resulta difícil hacer pronósticos optimistas. Nadie debe olvidar el fuerte nacionalismo turco, que ya desde hace algún tiempo viene incubando la oposición a una Europa reacia a admitirla. Una asociación económica sólo puede ser aceptada si tras un largo periodo de negociaciones, turcos y representantes europeos se muestran acordes en esa solución. El no de entrada tendrá pésimas consecuencias.

Ante todo por la posición geoestratégica y por la influencia creciente del islamismo en la sociedad y en la política turcas. La coincidencia en el seno de Europa de Turquía y de sus enemigos históricos supondría alejar el riesgo de un enfrentamiento armado que no ha dejado de planear en las últimas décadas sobre el área del Egeo, en especial desde la invasión de Chipre en 1974. El problema chipriota sigue vivo, está la cuestión de las aguas territoriales de Grecia y los incidentes menudean en la zona. Con Turquía en la vía de Europa la tensión será menor y, en sentido contrario, el repliegue turco hacia el aislamiento, acompañado de la frustración, incrementaría el peligro. Algo que Europa no puede permitirse.

La evolución interna del islamismo turco tampoco debe ser desdeñada. Hasta su expulsión del Gobierno por los militares hace ahora diez años, el islamismo político en Turquía se encontraba dirigido por Necmettin Erbakan, decidido partidario de la “asiaticidad” de Turquía. En cambio, los renovadores hoy al frente del movimiento, los yenilikçiler, el firme y discreto Tayyip Erdogan, y su inseparable Abdulá Gül, el que habló de conciliar el velo y la minifalda, tenían claro que el país no podía situarse al margen de Europa, única garantía del acceso de la mayoría de los turcos a niveles cada vez más altos de bienestar económico. Es un punto a tener en cuenta al enjuiciar la crisis de estos días: el islamismo turco es un movimiento plural, sometido a una oscilación pendular entre la tentación de ortodoxia y su paso al conservadurismo social, y que hasta ahora se ha mostrado sensible a las presiones externas.

Por otro lado, el ingreso o la articulación satisfactoria de Turquía en o con Europa supondría contar con un país dotado de grandes recursos económicos, culturales y militares en relación con el área más conflictiva del planeta. Sería al mismo tiempo puente, cauce y muralla. De ahí la apuesta, demasiado ingenua, tan frecuente entre nosotros, por la consolidación política del islamismo turco de corte supuestamente moderado, que abriera la posibilidad de una ejemplar y duradera conciliación entre islam y democracia.

En fin, y por encima de todo, se encuentran los intereses de la propia Turquía, amenazada, según muestran las recientes tensiones políticas, de un alto riesgo de desgarramiento interno. La europeización plena de Turquía en nada estorba a su condición de país de mayoría musulmana. Es más, garantiza la convivencia pacífica de un amplio sector de la Turquía urbana dispuesto a profundizar en formas de vida propias del resto de Europa, con quienes en medios rurales, en Konya, o en los viejos barrios de Estambul optan por una práctica de tipo integrista, con aquellos que concilian con éxito islam y modernidad, y, por fin, permite respirar a unas minorías aun hoy en posición difícil, desde los millones de semiocultos alevíes a los residuos de los grupos tradicionales cristianos. El crecimiento económico y la integración cultural, que no asimilación, podrían convertir en realidad irreversible el proyecto de Kemal Atatürk, fundamento -no el islam- de una deseable homogeneización nacional turca. Y el laicismo de Kemal en nada llevaba a introducir en Turquía, como aquí ha escrito Alí Bayramoglu, “una discriminación comparable a la que han sufrido históricamente los negros” (sic). “Una nación sin religión está condenada a desaparecer”, advierte Kemal en 1932. Otra cosa es un poder que impone la religión como norma suprema de la vida de los ciudadanos.

Un recorrido atento por Estambul permite apreciar la existencia de esas fuerzas centrífugas, cuyo enfrentamiento resultaría inevitable de no impulsar la convergencia de las mismas en el marco de una evolución progresiva, ligada de un modo u otro a Europa. Caminando hacia el interior de la ciudad intramuros, más allá de la mezquita de Selim, la ciudad se convierte en un simulacro de Kabul, con las mujeres envueltas en negro y las barbas afganas, contrapunto de los turcos plenamente europeos de la otra orilla del Cuerno de Oro. Entre ambas se encuentran esas clases medias prósperas que compran en las tiendas de moda islámica moderna, en la avenida cercana a la mezquita del Conquistador, en torno a la emblemática “Tekbir” , con sus estrategias de mercado propias de un capitalismo agresivo, al servicio de una estricta fidelidad a la ortodoxia del vestido. Sería una óptima ilustración de lo que representa el islamismo de Erdogan.

Las elecciones de 2002 ilustraron el éxito de la fórmula, y nadie hubiese encontrado extraño que el AKP, el partido de Erdogan, lograse ahora repetir un éxito que entonces fue arrollador en número de escaños, casi los dos tercios, pero no tanto de votos, un 3%. Lo que hizo sonar la alarma entre los laicos fue la pretensión de ocupar una presidencia de la República que ha venido actuando hasta ahora como garante del principio kemalista de laicidad que sigue siendo un componente crucial del orden constitucional turco. A la vista de esta insistencia, adquieren otro significado las cautelas de Erdogan al no seguir adelante con sus proyectos de castigar el adulterio de ambos sexos, restringir la venta de alcohol, oficializar los centros de enseñanza islámica (iman hatip) o introducir el velo en los centros públicos. En contra de lo que piensan desde una ceguera voluntaria nuestros progresistas a la violeta, el velo, emblema de la subordinación femenina, encaja mal con la libertad propia de las instituciones democráticas. Tal contención habría sido entonces una actitud forzada, en espera de que un islamista al frente del Estado elimine los riesgos de veto, lleve el mandato coránico de cubrir los cabellos de la mujer al palacio presidencial, antesala de su generalización en la esfera pública, y designe al jefe del Ejército.

Hay que recordarlo: nada limita en Turquía la práctica de la fe religiosa ni el cumplimiento de las normas de vestido islámicas, salvo en los edificios públicos. El intento de ampliar el castigo del adulterio supone un aviso de que el triunfo del islamismo con monopolio de las instituciones puede en cambio desembocar en el regreso siquiera parcial de la sharía, con las consiguientes restricciones a la libertad individual de todos. Hace poco más de diez años, antes de aquella famosa cita sobre las mezquitas que son “nuestros cuarteles” y los minaretes “nuestras bayonetas”, Erdogan comparó la democracia a un recorrido por ferrocarril, donde la estación de llegada era otra. La desconfianza de los laicos se encuentra así del todo justificada, más aún con el intento de reformar a toda prisa la Constitución con las elecciones ya convocadas. Por otra parte, la retórica de la Alianza de Civilizaciones en nada ha mejorado el trato dado por el Gobierno a ortodoxos, armenios y alevíes. ¿Erdogan “islamo-demócrata”? Ojalá.

Lo que no vale es acudir al tópico del imposible retroceso en las libertades. Tal fue el mensaje tranquilizador al resultar elegido Ahmadineyad en Irán, y la renovada persecución de las mujeres por el vestido o el mechón de pelo prueba lo contrario. Por ahora en Estambul los inicios son modestos: prohibición del bikini en la publicidad. En este momento crítico, el camino hacia Europa constituye para Turquía una necesidad y una política islamista con su carga de interferencia en la vida social, sólo serviría para dar argumentos a quienes como Sarkozy expresan frente a Turquía una ciega actitud de rechazo.

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