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(…) El domingo y el lunes de Pentecostés, Lissy Meyerhof. Igual de animosa, de modesta, de trabajadora, aunque es evidente que su salud ha empeorado, padece del corazón. Sigue –hasta ahora- en la administración escolar. (En la guerra fue enfermera en el lazareto de los contagiados.) – Martha Wiechmann y su hermana, que ahora vive con ella. Su hermano, cuarenta y tantos años, no afiliado a ningún partido, fiscal general en el Tribunal de Apelación de Berlín, “jubilado temporalmente” porque ese cargo debe ocuparlo un nacionalsocialista. La misma tarde, tras larguísima pausa, la señorita Von Rüdiger. Su hermano, comandante del antiguo ejército, tiene un cargo en el Partido Nacionalsocialista. “Tiene usted los nervios a flor de piel, tendría que marcharse a algún sitio donde no haya periódicos”, me dijo cuando oyó mi amargura; no tiene ni idea de lo que está pasando realmente.

En la universidad han encargado a Wengler de mis exámenes (expresamente para “protegerme”, para que conserve la cátedra), en clase de literatura francesa antigua tengo ahora tres oyentes, mis piruetas en historia de la cultura las haga ante veinte oyentes. Mi alumna más trabajadora es Eva Theissig, jefa de célula nazi.

En los días de Pentecostés estuvo también en casa Hans Hirche, al que yo -¡yo!- ayudé a entrar en la Reichswehr. Tenía un aspecto estupendo y habló con mucha sensatez. Él y sus padres son por lo visto decididamente antihitlerianos. En la Reichswehr hay descontento con las SA, la ideología suele ser más derechista que hitleriana, pero también hay mucho nacionalsocialismo: que hay que cultivar “forzosamente”. Nunca se sabe (…).

Bibliografía:

[1] Quiero dar testiminio hasta el final: diarios 1933-1941; Viktor Kemplerer – Barcelona – Galaxia Gutenberg – 2003.

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(…) El 19 de mayo pasó la tarde en casa el señor Kaufmann, que está sólo; su mujer, en Berlín con la familia de Edgar. Se van la semana próxima a Palestina, dejan a la niña de momento en casa de los padres, se llevan 15.000 marcos, quieren buscar como sea un nuevo modo de existencia. Un chiste cruel, contado por los Dember: al inmigrante que llega a Palestina le preguntan: “¿Viene usted de buen grado o de Alemania?”. Carta de Georg: él se jubila (“habría podido seguir”); Otto, el físico, Friedrich, el médico residente, y el hijo menor, que está terminando económicas, quieren emigrar a América o a Inglaterra; a Hans, que acaba de tener un hijo, no le han despedido de Siemens “hasta ahora”. –En mi curso de francés antiguo, hoy tres alumnos, en cambio en historia de la cultura y en el seminario correspondiente hay más gente (veinte y diez respectivamente).

(…) Desde el discurso de la paz de Hitler y la distensión en política exterior he perdido toda esperanza de vivir el final de esta situación.

Bibliografía:

[1] Quiero dar testiminio hasta el final: diarios 1933-1941; Viktor Kemplerer – Barcelona – Galaxia Gutenberg – 2003.

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Dember está excedente “hasta nueva orden”. En el tablón de anuncios, un comunicado de la federación de estudiantes –“Un profesor judío falta a su palabra”- lo pone “en la picota del estudiantado” por haber tomado exámenes contra la palabra dada. Él dice que nunca había prometido tal cosa. Lo expulsan porque obtuvo la cátedra a través del ministerio, contra la voluntad del rector y del senado. Kafka, Holldack (50%), en peligro, Gehrig, en su calidad de demócrata, en peligro, Wilbrandt, socialista, se marcha. – A Baeumler le ofrecen en Berlín, adonde se marchó Spranger, una cátedra de pedagogía política. Por otra parte, Annemarie Köhler me dice al teléfono que Georg ha tenido que dejarlo todo. (Con la familia he perdido toda conexión; nadie me escribe).

Mañana, “fiesta del trabajo”. El Stahlhelm bajo las órdenes directas de Hitler, Hugenberg hundido. Tengo la clara impresión de que la catástrofe ya no puede tardar (…)

Bibliografía:

[1] Quiero dar testiminio hasta el final: diarios 1933-1941; Viktor Kemplerer – Barcelona – Galaxia Gutenberg – 2003.

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(…) Anoche vinieron a casa la señora Schaps y los blumenfeld, anteayer, los Wieghardt, el sábado fuimos nosotros a casa de los Köhler del ferrocarril, y los jóvenes nos acompañaron a casa hacia la una de la madrugada. Por todas partes las mismas conversaciones.

En la TH, ahora quien más peligro corre es Dember, que les fue impuesto por la fuerza por el ministerio Fleissner. Sufre muchísimo. Una circular pedía a todos los no arios que salieran de todas las comisiones y que dejaran de examinar. Dios sabe cómo se podrá llevar eso a la práctica. En nuestra TH son no arios Holldack (por la madre), Kafka (por el padre)… En Kiel los estudiantes han puesto en el índice de obras no alemanas de los profesores que han tenido hasta ahora y que no aceptan. Entre ellos, Kroner, alemán cien por cien, y Otto Kemplerer, físico, el hijo mayor de Georg. Aquí parece que va a suceder algo parecido. El ministro prusiano de Instrucción Pública ha ordenado que se haga lo posible –lo decide el consejo de evaluación- para que los alumnos suspensos que han de repetir curso, si pertenecen al movimiento hitleriano, reciban el aprobado. –Anuncio en la Casa del Estudiante (algo parecido en todas las universidades): “Cuando el judío escribe alemán, miente”, sólo se le permite escribir en hebreo. Los libros judíos en lengua alemana tienen que ser calificados de “traducciones”. –Sólo anoto lo más monstruoso, sólo fragmentos de la demencia en que estamos inmersos todo este tiempo. –Ya se lo he oído decir al joven Köhler, cristiano y nacional de pies a cabeza: nos liberarán los franceses. Y yo creo realmente que vendrán pronto y que serán recibidos por muchos, incluso por “arios”, como libertadores.

En medio de todo esto, en Dölzchen están terminando nuestra cerca, nosotros seguimos con nuestros planes; pero es completamente imposible pensar en llegar a tener una verdadera vivienda, no tenemos ni dinero ni posibilidades de financiación. Realmente no veo salida. También en este punto vamos derechos a la catástrofe. Hemos comprado herramientas de jardín y árboles; hoy vamos a subir a cavar el terreno.

(…) El futuro del movimiento hitleriano depende sin duda alguna de la cuestión judía. No comprendo por qué han dado a ese punto del programa una posición tan central. Los llevará a la catástrofe. Pero probablemente a nosotros también.

Bibliografía:

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¿Es la sugestión de la formidable propaganda: cine, radio, periódicos, banderas, fiestas y más fiestas (hoy fiesta popular, cumpleaños de Adolf Hitler, el Führer)? ¿O es el miedo por doquier, el temblor de los esclavos? Ahora casi estoy convencido de que no viviré el final de esta tiranía. Y ya casi me he habituado a esta situación de carencia de derechos. Ya no soy alemán y ario sino judío, y tengo que agradecerles que me dejen con vida. –Lo que manejan genialmente es la propaganda. Anteayer vimos (y oímos) en el cine cómo Hitler pasaba revista a sus tropas: ante él, la gran masa de las SA, delante de su tribuna la media docena de micrófonos que transmiten sus palabras a los 600.000 SA de todo el Tercer Reich: uno ve su omnipotencia e inclina el espinazo. Y continuamente el himno de Horst Wessel. Y todos agachan la cabeza. ¡Qué deplorable el congreso de medicina de Wiesbaden! ¡Gratitud a Hitler! Aunque aún no esté aclarado el problema racial, aunque los ajenos –Wassermann, Ehrlich, Neisser- hayan hecho sus aportaciones relevantes: damos las gracias a Hitler, el salvador de Alemania. Y los otros, igual.

Bibliografía:

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Horrible sensación de “¡Hurra, estoy vivo!”. La nueva “ley” del funcionariado me deja en la cátedra por ser excombatiente; eso parece, al menos, y de manera provisional (por cierto, Dember y Blumenfeld también se han librado: eso parece, al menos). Pero por todas partes, acoso, desdicha, miedo y temblor. A un primo de Dember, médico en Berlín, lo sacaron de su consulta y, en camisa y en grave estado por las sevicias sufridas, lo llevaron al Hospital Humbolt, donde murió; a los cuarenta y cinco años. La señora Dember nos lo cuenta en voz baja y a puerta cerrada. Con sus palabras está propalando difamatorias “noticias de atrocidades”, falsas todas ellas, evidentemente.

(…) El hombre es malo. Mi sensación completamente involuntaria cuando me enteré de que Dember y Blumenfeld también se libraban de la aniquilación fue una suerte de desengaño. El género de desengaño que se tiene cuando un desahuciado se salva en contra de lo previsto. Pero es muy probable que un día no llegue a todos la hora. Es, sin duda, el egoísmo humano. Nosotros dos dijimos: sólo nosotros estamos completamente sin recursos si yo pierdo la cátedra. Un físico y un ingeniero y un psicotécnico encuentran siempre una posibilidad de trabajar. Dember dijo: “Blumenfeld encontraría algo más fácilmente que nosotros”. (Por teléfono.) Blumenfeld me dijo (por teléfono): “Tú habrías encontrado un puesto en Francia”.

Hace dos días se promulgó la ley de los gobernadores de las provincias del Reich. Poco antes del 5 de marzo seguían diciendo en Baviera: “A un comisario del Reich le pararíamos los pies en la frontera”. Y ahora todos guardan silencio. Y Hitler habla por radio ante todos los SA reunidos en formación, ante “más de 500.000” soldados del “ejército pardo”.

Annemarie Köhler estuvo ayer por la tarde en casa. Llena de una rabia sorda. Cuenta lo fanatizados que están los enfermeros y enfermeras de su hospital. Se sientan en torno al altavoz. Cuando suena el himno de Horst Wessel (todas las noches y en más ocasiones) se levantan y alzan el brazo para el saludo nacionalsocialista.

(…) De mi familia no me llegan noticias, ni de los Meyerhof. Nadie se atreve a escribir. –Aparte de eso, no recibo correo de nadie, profesionalmente estoy fuera de juego.

Se es “ajeno a la raza” o judío si se tiene un 25% de sangre judío. Como en la España del siglo XV, pero en aquel entonces era cosa de la fe. Hoy es zoología y negocio.

Bibliografía:

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La carga que pesa sobre mí es aún más fuerte que durante la guerra, y por primera vez en mi vida tengo un odio político contra una colectividad (en la guerra, no), un odio mortal. En la guerra yo estaba bajo la ley: la ley marcial, pero ley; ahora estoy a merced del despotismo. Hoy (esto cambia) estoy otra vez menos seguro de que se avecine la catástrofe.

No se atreve un a escribir cartas, ni a llamar por teléfono, nos hacemos visitas mutuas y cada uno calcula las posibilidades que tiene. Tal importante funcionario del ministerio ha dicho esto, tal otro, esto otro. Eso podría ser favorable. Pero no se sabe si seguirá en el cargo el de la opinión favorable, cuánto tiempo lleva ya en el cargo, etc., etc. Un animal no está mas carente de derechos ni más acosado. –Ayer me escribió Albert Hirsch, desde Francfort del Meno, “excedente” después de ser funcionario trece años. No sabe de qué va a vivir. Se traslada con su mujer y sus dos hijos a casa de los suegros. Puede que en caso favorable le concedan unos pfennigs de pensión, pero desde luego no será, ni mucho menos, algo que dé para vivir. –Un caso entre miles y miles. –Edgar Kaufmann, desde hace cuatro años padre de familia, despedido. –El 2 de mayo, en la primera clase del semestre, se decidirá seguramente si conservo la cátedra.

(…) Los periódicos, ahora se leen y –muy pocos, el Volkische Zeitung, por ejemplo- se escriben de otra manera que antaño. Entre líneas. El arte del siglo XVIII, el arte del que escribe y del que lee, está renaciendo.

Nunca se ha concentrado tanta ignominia sobre un pueblo europeo como se concentra ahora sobre nosotros. Cada uno de los discursos del canciller, de los ministros, de los comisarios. Y sueltan discursos a diario. Una repugnante mezcla de los más destacados y más burdos embustes, de hipocresías, frases hueras, afirmaciones absurdas. Y siempre esas amenazas, ese tono triunfalista, esas promesas vanas.

Bibliografía:

[1] Quiero dar testiminio hasta el final: diarios 1933-1941; Viktor Kemplerer – Barcelona – Galaxia Gutenberg – 2003.

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