Este artículo está dentro de una serie de textos que estoy escribiendo sobre la experiencia soviética; para leer el escrito anterior, pulsa aquí.

El proyecto democratizador fracasó; todos esas primeras intenciones no alcanzaron su fin. La incapacidad del gobierno provisional para hacer frente a la crisis económica, a la guerra, al problema agrario, y a la cuestión obrera, acabó por exasperar a una agotada ciudadanía rusa, que poco a poco les fue retirando su confianza. Exigían pan, paz y tierra, y el gobierno, empeñado en su provisionalidad, en atarse de pies y manos, no aportaba soluciones. El nuevo ejecutivo, con el fin de respetar la legalidad, los tiempos marcados por la doctrina política democrático-liberal, se comprometió a no tomar medidas importantes hasta que la Constituyente, que todavía no se había reunido, finalizase su tarea. De esta forma, los problemas se iban acumulando, tomando cada vez un mayor grado de gravedad, lo que provocaba el descontento del pueblo ruso hacia sus gobernantes.

En definitiva, el gran error de los demócratas rusos fue pretender funcionar con normalidad, con legalidad, en un periodo de grandes convulsiones, crisis y anormalidad. No poner remedio a estas equivalía al hundimiento del nuevo sistema, ya que, el cambio político promovido por el pueblo se llevó a cabo con el fin de buscar soluciones.

El gobierno provisional, pues, pagó caro este empeño por continuar actuando de manera provisional. Además, la decisión de continuar la guerra, sin duda bastante impopular, lastró la labor del ejecutivo. El precio que tuvieron que pagar los gobernantes por su empeño de ser fieles a sus aliados acabó siendo, a la postre, demasiado alto: la desaparición de la construcción democrática. De esta manera, no es de extrañar que, como principal arma contra los hombres de febrero, Lenin utilizase el argumento de la guerra; aquellas mismas ideas que defendía desde 1914:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, manifiesto de 1914 publicado en Sotsial-Demokrat) “Cuanto mayores sean las destrucciones causadas por la guerra, más claramente se darán cuenta las clases trabajadoras de que los oportunistas han traicionado la causa obrera y de que es necesario volver las armas contra los gobiernos y la burguesía de los respectivos países… Convertir esta guerra imperialista en guerra civil es la única consigna acertada para el proletariado”.

De esta forma, las masas populares fueron radicalizándose progresivamente al tiempo que se movilizaban contra el gobierno provisional. Los lemas bajo los que se desarrollaban las protestas, muy similares a los que propugnaban los dirigentes bolcheviques, contribuyeron a que entre estos movimientos de soldados, campesinos y obreros, y el partido de Lenin se fueran tendiendo puentes:

(Vladimir Illich Ulianov Lenin, Obras completas) “Los desórdenes aumentan en el campo y el gobierno está empleando los medios más despiadados contra los campesinos. Crece la simpatía por nuestra causa en el seno del ejército…”

(Fragmento del editorial de Izvestiya el 7 de noviembre de 1917) “Sólo faltan tres semanas para la Asamblea Constituyente, sólo unos pocos días para el Congreso de los Soviets, y, aún así, los bolcheviques han decidido llevar a efecto otro golpe de Estado. Utilizan el descontento general y la gran ignorancia que reina entre las masas de obreros y soldados. Se han arrogado la osadía de prometer al pueblo pan, paz y tierra…”

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[5] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

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